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MIERCOLES DE CENIZA - 2015

(S.I. Catedral, 18-II-2015)

"Ahora es el tiempo favorable"

Jl 2,12-18; Sal 50                2 Cor 5,-6,2                  Mt 6,1-6.16-18

          

            Inauguramos hoy la Cuaresma, tiempo de gracia y de salvación, con el conocido gesto de la imposición de la ceniza, que nos recuerda nuestra condición pecadora y mortal, pero en la que el Espíritu de Dios puede suscitar de nuevo en nosotros, si colaboramos con él, la santidad y la esperanza de la vida eterna. Ahora bien, la Cuaresma no nos propone nada extraordinario en comparación con las exigencias fundamentales de la vida cristiana. Podríamos decir que en este tiempo litúrgico se presentan con una mayor insistencia, para que nos esforcemos un poco más a nivel personal y comunitario, algunos aspectos, ciertamente importantes, para que los asumamos con mayor vigor y entereza en nuestra existencia cotidiana.

1. Un tiempo para convertirnos y revitalizar nuestra vida cristiana

            En efecto,bien podríamos decircon San Pablo que la Cuaresma viene a ser un tiempopara hacer una revisión cuidadosa de nuestra vida, y para que sea más coherente con las exigencias de nuestro bautismo. Recordemos sus palabras: “Es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios… Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 5,20b;6,2). El Apóstol habla del misterio de nuestra reconciliación, obra de Dios que hizo posible en la muerte de Cristo el restablecimiento de la amistad perdida entre el Creador y la criatura, entre Dios y el hombre. La reconciliación, a primera vista, podría parecer un estrechamiento de manos entres dos antagonistas que se ponen de acuerdo para restaurar la amistad perdida. Pero es y exige mucho más. Quiero decir que, después de la ruptura que causa el pecado, el hombre no puede volver a la situación anterior por su propias fuerzas o capacidad, si Dios mismo no le tiende la mano.

            Esto es lo que nos quiere decir San Pablo: que Dios, nuestro Padre compasivo y  misericordioso, nos ha ofrecido la reconciliación en su Hijo Jesucristo y por medio de Él,  pues  por él y para él  quiso reconciliar todas las cosas,  las del cielo y las de la tierra,  haciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,20). Debemos, por tanto, aprovechar esa mano tendida de Dios que nos la ofrece, una vez más, al llegar este tiempo favorable y de salvación que es la Cuaresma.

            Después de la I lectura hemos meditado el salmo penitencial por excelencia, cuyas palabras hemos de tener también muy presentes durante todo este tiempo: "Oh, Dios, crea en mí un corazón puro; renuévame con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo Espíritu" (Sal 51(50),12-13). Como sabéis, estas palabras son la expresión del arrepentimiento del Rey David, un hombre poderoso pero al mismo tiempo frágil y pecador. Al poner sus palabras en nuestros labios, la liturgia quiere ayudarnos también a entrar con decisión en esta cuarentena de días que desembocará en la Pascua y que es figura de nuestra existencia terrena. La austera liturgia del Miércoles de Ceniza contiene, por tanto, una fuerte llamada a la conversión y a la penitencia, al cambio de mentalidad y de conducta. Lo señalaba expresamente la I lectura: "Convertíos a mí de todo corazón, con ayunos, llantos y lamentos;rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del castigo”(Jl 2, 12b-13).

2. La conversión como gracia y como exigencia de la vida cristiana

Por eso, la reconciliación como don que Dios nos ofrece, lleva consigo, por nuestra parte, unaactitud sincera de conversión. Nos lo recordará también el rito sencillo pero muy significativo de la imposición de la ceniza. Sin duda es el gesto más llamativo de esta celebración, pero no debe olvidarse su significado más profundo, que guarda relación no tanto con el destino final de los seres vivos, especialmente el hombre, tomado de la tierra y destinado a volver a ella (cf. Gn 3,19), como con la llamada a la conversión. La liturgia actual prevé que el celebrante, al imponer la ceniza sobre la cabeza de los fieles, pronuncie estas palabras, antiguas pero siempre actuales: "Convertíos y creed en el Evangelio".

En este sentido la conversión, en cuanto retorno a Dios y vuelta al amor primero, viene a ser una consecuencia de la gracia del bautismo que nosintrodujo nuevamente en el círculo de la amistad con nuestro Creador. El valor del gesto de recibir la ceniza radica, por tanto, en esa posibilidad del retorno a la casa paterna, en la condición que Dios nos pide para que pueda acogernos nuevamente y cuantas veces sea necesario en su regazo paterno. Es cierto que la conversión no liberanuestra naturaleza de su debilidad, ni de la inclinación al pecado que permanece en nosotros, incluso después del bautismo, pero es la expresión de nuestra voluntad de cooperar con la ayuda de Dios para afrontar las pruebas diarias en la lucha de la vida cristiana.  

            La vida cristiana es combate contra las fuerzas del mal que pugnan dentro y fuera de nosotros. Enalgunas de las oraciones de hoy, el camino cuaresmal se presenta como una oportunidad para "recuperar totalmente el significado del bautismo y la penitencia de la vida cristiana" (Laudes: preces). Este camino, "camino de conversión",consiste en un morir y resucitar continuo que debemos reemprender cada año al llegar la Cuaresma. La conversión es una opción que implica un cambio radical en la manera de pensar y de vivir, es decir, que tiene por objeto adquirir una forma de actuar según el Evangelio, tal y como señalan las palabras que ya he citado antes: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”(Mc 1,15).


3. Los medios que la Iglesia nos propone para este tiempo

Por eso, la comunidad cristiana, al emprender el camino cuaresmal, está llamada a formarse una conciencia más lúcida de la realidad y de las exigencias del sacramento del bautismo. Siguiendo las enseñanzas de los Santos Padres, las prácticas cuaresmales tradicionales diseñadas para lograr este objetivo son el ayuno, la oración y la limosna. En el evangelio de hoy, Jesús habla de estas prácticas, que ya existían en el ambiente religioso del pueblo judío, pero ilustrando las características que debían tener según los principios o exigencias del Evangelio que él predicaba.

La liturgia, especialmente en las oraciones del Misal, vuelve frecuentemente sobre estas tres prácticas tradicionales de la Cuaresma señalando diversos aspectos de la ruta que emprendemos hoy: la austeridad de vida, la oración sincera y frecuente, la caridad efectiva. Por poner un ejemplo, el Prefacio que usaremos hoy, ilustra los beneficios del ayuno corporal, que “refrena nuestras pasiones y eleva nuestro espíritu”, exaltando de este modo la victoria sobre nuestro egoísmo, victoria que se manifiesta también enla práctica de la limosna y que hace posible la oración insistente y confiada, realizada ante todo en la presencia de Dios. La práctica cuaresmal es contemplada, por tanto, como un medio eficaz de renovación interior. Por eso debemos pedir una y otra vez, que estas prácticas vayan siempre acompañadas de la sinceridad del corazón. Solamente así, con la ayuda de Dios y el estímulo de la comunidad cristiana, la Cuaresma será ocasión de una profunda renovación del espíritu.

+ Julián, Obispo de León

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