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SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA

--INSTITUCIÓN DE LECTORES-- (Iglesia del Seminario de San Froilán, 19-III-2015)

“José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”

2 Sam 7, 4-5a.12-14a.16; Sal 88               Rm 4, 13.16-18.22                Mt 1,16.1821.24a

            De mis años de estudiante recuerdo con gusto, cuando llegaba la solemnidad de San José y en ella se celebraba alguna ordenación, esta frase: “Ha florecido la vara de san José”, en referencia precisamente a estas celebraciones. En efecto, el Santo Custodio del Redentor aparece en la iconografía portando una vara rematada con unas flores. Se trata de una leyenda piadosa. San José era uno de los jóvenes pretendientes de María. Todos llevaban una vara pero la de San José floreció inesperadamente, viéndose en ello una señal divina a su favor. La referencia a los ministerios en la Iglesia no deja de ser simpática. De hecho, este año, nos alegramos de que sean cinco los candidatos de nuestros Seminarios, por ahora al ministerio de lector. En esta fecha se han ordenado también algunos de nuestros presbíteros. Además, en España se celebra el Día del Seminario,aunque algún acto se traslade al domingo más próximo. No quiero olvidar tampoco, que hace dos años nos reuníamos en la catedral para la misa de acción de gracias por la elección del papa Francisco. Tengámoslo presente también en nuestra celebración. 

1. San José, un creyente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento

            Volviendo de nuevo a san José, notemos como las lecturas que se han proclamado, nos presentan a dos personajes del Antiguo Testamento que nos ayudan a valorar el alcance de la figura del santo esposo de María: uno es Abrahán, el padre de los creyentes, y el otro el rey David, el pastor de ovejas llamado a encabezar la dinastía en cuyo seno nacería el Mesías salvador. Ambas figuras se proyectan sobre San José ayudándonos a ver en él al elegido por Dios para ser no solo el protector y guardián del Hijo de Dios concebido en ella por obra y gracia del Espíritu Santo (cf. Mt 1, 18-24; Lc 1, 34-35), sino también un colaborador decisivo para que se cumpliesen los designios divinos. No en vano pertenece al grupo que interviene en el tránsito del Antiguo al Nuevo Testamento: Zacarías e Isabel, padres de Juan el Bautista, y el propio precursor, los ancianos Simeón y Ana la profetisa, y por encima de todos ellos y de manera singular la Santísima Virgen María.

         Así la primera lectura y el salmo responsorial nos situaban ante el propósito del rey David de construir una casa para Dios, aunque el Señor le hizo ver que su voluntad era el que encabezase una descendencia que haría perpetuo su reinado (cf. 2 Sam 7, 5.12-14). Esta promesa será precisamente la que el ángel Gabriel evocará al anunciar a María su futura maternidad virginal: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32b-33). Así, en el mensaje a san José según el evangelio de san Mateo, se le llama expresamente “hijo de David” (Mt 1, 20). De este modo, dentro de la profunda coincidencia de fondo entre las dos anunciaciones, San José aparece no solo al servicio del misterio de la maternidad divina de María, sino también como el depositario de la promesa hecha por Dios a la casa real de David en la que había de nacer el futuro Mesías. Este, aunque no es hijo de José, es legalmente descendiente de David quedando entroncado así en la Antigua Alianza de manera que permanecerá estable tal y como se canta en el salmo responsorial: Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades(Sal 88 [89], 2.5).

            La colaboración de san José con los designios de Dios nos invita también a nosotros a tener una mirada amplia y dilatada a la hora de escrutar lo que el Señor espera de nosotros. Y esto es muy importante para quienes se sienten llamados al ministerio sacerdotal y aún a otros ministerios igualmente necesarios en la Iglesia, como sucede con el lectorado que vais a recibir hoy los cinco seminaristas que habéis sido llamados. De vosotros, ciertamente, no va a depender un hecho tan transcendental como el del paso del Antiguo o al Nuevo Testamento, pero ¿quién conoce los planes de Dios y de su amor para con nosotros? Por eso procurad ser obedientes siempre a la voluntad divina, manifestada ordinariamente a través de vuestros superiores y de la Iglesia que os llama y os envía. Obediencia que es fidelidad aun en las cosas que a primera vista parecen insignificantes. No en vano el Señor nos advirtió: El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel” (Lc 16,10).

 2. La obediencia de la fe en San José

            Por otra parte, la segunda lectura presentaba a san José como un nuevo Abraham, que “apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho”(Rom 4, 18). Esa fe que le hizo padre de muchos pueblos después de haber estado a punto de consumar el sacrificio de su hijo Isaac (cf. Gn 22,16-18), se manifestó también en san José ayudándole a superar la inesperada y difícil prueba para un recién casado de tener que recibir a su esposa respetando absolutamente su virginidad, tal y como refiere el evangelio (cf. Mt 1,20-21; Lc 1,35). Por eso, la actitud de San José “contra toda esperanza”,le sería contada como justicia, exactamente como en el caso de Abraham, es decir, como salvación y fuente de nuevas gracias divinas (cf. Rm 4, 22).

            Lo mismo sucede en algunas pruebas que nunca faltan en nuestra vida, sean pequeñas o grandes. Estamos acostumbrados aorganizarnos nosotros mismos, a programar nuestra vida para hacer lo que nos gusta o conviene, de manera que, cuando surge alguna contrariedad, nos cuesta comprender y hasta nos rebelamos en ocasiones. Y no caemos en la cuenta de que Dios, por encima de las causas concretas, puede haber intervenido o intervendrá para nuestro bien. Por eso es bueno recordar el aviso de la Carta a los Hebreos: “Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella” (Hb 12, 11; cf. 12, 4 ss.). En cambio San José, hombre de fe, aceptó generosamente el plan misterioso de Dios y se puso confiadamente en sus manos, viniendo a ser un nuevo padre de los creyentes como Abraham, justificado por sus obras y que logró así la santidad (cf. Sant 2, 21-23). Por eso, a los que vais a ser instituidos lectores, a todos los que estáis participando en esta celebración y, especialmente, a vosotros, queridos seminaristas, permitidme que os diga: Las dificultades y, en general, todas las pruebas, tienen una gran utilidad en la vida, especialmente si las afrontáis desde una perspectiva de fe. San José, sin duda, salió reforzado en su amor por María y por el Hijo de esta, Cristo Jesús.

3. San José, Santa Teresa y el Día del Seminario

           Por eso el evangelio da a San José con toda verdad el título de “justo” (cf. Mt 1,19), es decir, no solo honrado o bueno sino justificado por la acción del Espíritu Santo que regeneró y transformó su amor de hombre, tal y como sugiere San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica sobre san José (cf. n. 19). Y todo porque “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor” (Mt 1, 24).A San José no se le pidió que comprendiese o que anunciase el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, sino que aceptase y protegiese esa iniciativa divina que lo desbordaba totalmente. Ahí radica su grandeza y la de todo aquel que acoge con fe la llamada de Dios y se dispone a cumplir la misión que descubre en su vida. El lema del Día del Seminario de este año: “Señor, qué mandáis hacer de mí?”, tomado de una de las poesías teresianas: “Vuestra soy, para vos nací”, nos recuerda a todos la necesidad de secundar la propia vocación cumpliendo la voluntad de Dios en nuestra vida a imitación de nuestro Salvador (cf. Jn 4,34) y de los santos como San José y la misma Santa Teresa de Jesús de la que celebraremos, dentro de unos días, el V centenario de su nacimiento.

            Conocida es la fortísima devoción de nuestra Santa a San José: a él atribuyó su curación de la parálisis padecida en su juventud, considerando también una gracia suya la célebre conversión ante la imagen de un Cristo muy llagado; y a San José confió la primera fundación de la reforma carmelitana dando al nuevo convento el nombre del Santo. Pero la de  Teresa no fue una simple devoción más o menos afectiva sino el fruto de una vivencia contemplativa y orante de alto contenido espiritual, pues nuestra Santa relaciona a San José con el misterio de la encarnación, la custodia del Señor y de su Madre santísima, la condición de modelo de silencio, obediencia y oración, la protección sobre la Iglesia desde la gloria, etc. Precisamente, la célebre definición teresiana de la oración “tratar de amistad con quien sabemos nos ama” (Vida, 8,5) tiene un referente en San José puesto que -es apreciación también de Santa Teresa-  nadie como él y la Santísima Virgen tuvo ese trato con el Señor (cf. 6,8).

            Queridos seminaristas, los que vais a ser instituidos lectores y todos los demás: Encomendaos a San José, confiadle vuestro presente en formación y vuestro futuro en la esperanza del ministerio. Santa Teresa llegó a escribir lo siguiente: “A otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas… (pues) así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre -siendo ayo- le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide” (Vida, 6,6).

+ Julián, Obispo de León  

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