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DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Santa Iglesia Catedral, 5-IV-2015)

“Si habéis resucitado con Cristo buscad los bienes de allá arriba"

Hch 10, 34a. 37-43; Sal 117               Col 3, 1-4               Jn 20, 1-9

                        ¡Celebremos a Jesucristo resucitado,
manantial inagotable del Espíritu Santo
 derramado sobre nosotros!
¡Aleluya!

            ¡"Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo"! Hoy, domingo de Pascua de resurrección, Jesucristo ha vuelto a la vida, rotas las cadenas de la muerte, y se hace presente entre sus discípulos, ahora nosotros. Hoy es el domingo de los domingos, la fiesta de todas las fiestas. Hoy brilla un sol que no conoce ocaso, el Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para toda la humanidad. Hoy todo canta el aleluya pascual. Celebremos esta gran fiesta que se prolongará durante la cincuentena de días hasta culminar en Pentecostés.

1. De los signos a la fe en la resurrección

            Hace unos momentos escuchábamos el relato evangélico que aludía a un sepulcro abierto y vacío. Nosotros sabemos ya lo que aquel hecho significaba, pero Pedro y Juan, los primeros discípulos que acudieron alertados por María Magdalena estaban desconcertados. Al ver la losa quitada del sepulcro pensaron que habían robado el cuerpo de su Maestro. No recordaban ya sus palabras cuando anunciaba la pasión y muerte y decía que resucitaría al tercer día (cf. Mt 16, 21 y par.). Inspeccionaron el interior del sepulcro, vieron los lienzos con que habían envuelto el cuerpo de Jesús y el sudario que había cubierto su rostro, pero cuerpo no estaba allí.  Cuántas veces nosotros, atravesando situaciones difíciles, tampoco somos capaces de ver la luz ni de interpretar positivamente los signos de una realidad que inicialmente nos desconcierta.

            Los discípulos, al principio, no entendían nada, pero Juan, el más joven que, al llegar al sepulcro, por respeto había cedido el paso a Pedro, “vio y creyó” como nos dice el evangelio (Jn 20, 8). Ante la mirada de ambos se mostraba una misma realidad, el sepulcro vacío, la ausencia de Jesús. Pero Juan creyó porque la luz del Espíritu Santo le hizo comprender el sentido de las palabras del Señor cuando decía, por ejemplo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” refiriéndose no al templo de Jerusalén sino a su cuerpo (cf. Jn 2, 20-21). Es el propio evangelista el que ha dejado consignado en su evangelio, escrito cuando ya era un anciano, que “se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús” (2, 22). Por eso nosotros, aunque no hemos visto lo que vieron Pedro y Juan y los primeros testigos del sepulcro vacío, sin embargo hemos escuchado muchas veces las palabras de la Escritura y somos iluminados igualmente por el mismo Espíritu Santo para creer en la resurrección de Jesucristo. Y no solo en la resurrección. También en la presencia y en la acción de Dios en los momentos difíciles de nuestra vida. Por eso es tan importante la fe, aunque no deje de ser oscura. Nunca debemos perder la esperanza, porque sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rm 8, 20).

2. De la fe al  testimonio evangelizador

            En el relato evangélico se manifiesta en toda su grandeza la fe de Juan y, a continuación la de ambos apóstoles analizando la situación. Pero la fe conduce al testimonio de manera que, desde aquel primer día de la resurrección del Señor, la noticia corrió rápidamente en los círculos de los discípulos de Jesús para saltar después, como anuncio evangelizador, al resto de la población. Los testigos se convirtieron en  mensajeros cumpliendo así la misión que el mismo Jesús les había confiado. Ahora es Pedro el que toma la palabra, como aparece en la I lectura, para "predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado (a Jesús) juez de vivos y muertos" (Hch 10, 42).

            De modo semejante los cristianos de hoy, fortalecida nuestra fe en Jesucristo por la celebración consciente de los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección del Señor, debemos dar testimonio y compartir esta certeza con los que vacilan o no creen. Es cierto que esto no es fácil en nuestra sociedad de hoy, sobre todo cuando la Semana Santa es valorada en términos de fenómeno costumbrista, cultural y turístico. Sin embargo, es posible ahondar en el significado religioso y humano de estas manifestaciones para descubrir que, más allá del sentimiento y de la estética, hay todavía un rescoldo de fe y de transcendencia, tan necesarios en los momentos angustiosos y difíciles de la vida, como pueden ser la pérdida del empleo o el final del subsidio, o la amenaza de un desahucio, o la enfermedad y, por supuesto, la muerte. 

            Es entonces cuando la palabra amiga de un cristiano, máxime si va acompañada de un gesto de solidaridad y de amor, se convierte en apoyo y estímulo de esperanza. Lo que hemos celebrado en estos días del calendario religioso y, de manera particular, en este Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor, es una llamada a una fe madura y testimonial que ayude a todas las personas a salir de los posibles espacios de tristeza, y abra horizontes de alegría y consuelo. Esto fue, en definitiva, lo que animó a los discípulos de Jesús a anunciar la buena nueva de la resurrección.

3. Del testimonio a una vida cristiana permanente

            La fe en la resurrección de Jesucristo es, por tanto, el fundamento de nuestra vida de cristianos y el punto de partida del testimonio evangelizador que hemos de ofrecer a todos los hombres. Pero no olvidemos que esa fe y esa vida nació en nosotros en el bautismo, el primer sacramento de la fe y participación en la condición divina de aquel que por nosotros murió y resucitó. San Pablo en la II lectura nos recordaba que Cristo resucitado es primicia y plenitud de la humanidad renovada y que se ha compenetrado de tal manera con nuestro ser que podemos afirmar que en él tenemos ya una nueva existencia. Decía el apóstol: si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3, 1).

            Dicho de otro modo, de Jesucristo resucitado brota para todos los que hemos sido bautizados en su muerte y resurrección una  fuerza renovadora capaz de transformarnos interiormente para que ya no vivamos como antes, bajo la presión de las malas inclinaciones, el egoísmo, la soberbia, la pereza espiritual, el culto al cuerpo, la impiedad, el olvido de Dios… Es necesario creer en Jesucristo y en el poder de su resurrección para superar la atonía y la falta de vigor espiritual y apostólico de muchos cristianos. Esta atonía causa lo que el papa Francisco ha llamado en el mensaje de la Cuaresma de este año la “globalización de la indiferencia”, que consiste en pensar que yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien”. Esta actitud egoísta  se extiende en la sociedad ante los problemas, los sufrimientos y las injusticias que padecen tantas personas, incluso de nuestro entorno.  

            Queridos hermanos: La fe en Jesucristo resucitado dinamiza nuestra vida. Él nos ofrece la posibilidad de renovar nuestras aspiraciones y deseos, nuestros propósitos y nuestra conducta, para hacerlos coherentes con los bienes que nos ha procurado con su muerte y resurrección y que el Espíritu Santo actualiza sin cesar en todos los creyentes. ¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Amén! ¡Aleluya!

+ Julián, Obiszpo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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