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DOMINGO V DE PASCUA: ORDENACIÓN DE DOS DIÁCONOS PERMANENTES

(S.I. Catedral, 3-V-2015)

“El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”

Hch 9, 26-31; Sal 21               1 Jn 3, 18-24               Jn 15, 1-8

        

            La palabra de Dios que se ha proclamado nos invita a todos a volver a las raíces de nuestro ser cristiano, a la fuente de nuestra fe, de nuestro estado de vida y de nuestro ministerio o apostolado en la Iglesia. El fruto o el éxito de cuanto somos, tenemos o hacemos en este mundo depende en gran medida de nuestro arraigo personal en Jesucristo. La vida cristiana en sí misma, con todos sus valores y capacidad, solamente es posible si está verdaderamente incrustada en Él, porque sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5b). Teniendo, pues, como referencia esta convicción, nos disponemos a conferir el sacramento del Orden, en el grado del diaconado, a dos candidatos, esposos y padres de familia, que han completado su formación para este ministerio estable, providencialmente recuperado por el Concilio Vaticano II y que es hoy una realidad esperanzadora en muchas Iglesias locales.

1. La alegoría de la vid y los sarmientos

En efecto, sin estar conectados vital y profundamente a Jesucristo, nuestra existencia se hace estéril. La comparación que nos ofrece el Señor en el evangelio, tomado del discurso de la última Cena con sus discípulos, se basa en la alegoría de la vidque utilizaron también varios profetas del Antiguo Testamento (cf. Is 5, 1-7; Jr 2, 21; Ez 15, 1-8). Se trata, por tanto, de un ejemplo tomado de la naturaleza, que expresa muy bellamente la unión íntima y vital de Dios con su pueblo y el amor con que Él lo eligió, lo amó y lo sigue amando. Jesús se sirvió de esta comparación para explicar la sintonía profunda entre Él y los discípulos, los de entonces y todos los que hemos venido después, incorporados por el bautismo al misterio de su muerte y resurrección.

El Señor quiere que comprendamos y apreciemos en todo su valor y eficacia el acontecimiento espléndido de la comunión de vida que nos ofrece. Como sucede en la vid y los sarmientos, también entre Él y nosotros circula un mismo fluido vital, “la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó", en palabras de la I Carta del Apóstol san Juan (1 Jn 1, 2; cf. Jn 1, 4). Los sarmientos,  para poder dar fruto, han de estar unidos a la vid recibiendo de ella vigor y alimento. Del mismo modo los cristianos hemos de permanecer unidos existencialmente a Jesucristo para realizar nuestra vocación dentro de la Iglesia, a fin de poder actuar siempre en sintonía plena con Aquel que nos llamó y nos ha enviado para que demos fruto abundante y permanente como discípulos suyos (cf. Jn 15, 8.16), realizando nuestra misión en la Iglesia y en la sociedad. Un gran ejemplo de esta realidad nos ofrecía la primera lectura al mostrar cómo el apóstol san Pablo, apenas convertido, estaba ya dando ese fruto pues “se movía con libertad en Jerusalén, actuando valientemente en el nombre del Señor”, predicando con coraje y discutiendo con los judíos de lengua griega (cf. Hch 9, 28-29).

Gracias a esta unión y sintonía íntima y eficaz con el Señor es posible cualquier vocación en la comunidad cristiana, cualquier servicio, cualquier actividad eclesial, desde el ministerio sacerdotal y diaconal hasta el matrimonio, desde la consagración religiosa hasta el apostolado seglar, desde la dedicación a la vida familiar hasta el ejercicio responsable de una profesión. Las palabras del Señor son muy claras al respecto: Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn15, 4b). Los cristianos somos como los sarmientos, no tenemos vida independiente. Por eso somos discípulos de Jesús en la medida en que permanecemos unidos al que es la fuente de nuestra vitalidad espiritual y apostólica. Solamente así nuestra existencia se identifica con la suya. Entre Él y nosotros existe, pues, un vínculo vigoroso cuya importancia se deduce de las propias palabras del Señor: "Permaneced en mí, como yo en vosotros" (Jn15, 4a).

2. El ministerio del Diaconado permanente

            En esta perspectiva de nuestra vida en Cristo no olvidamos tampoco la dimensión comunitaria y eclesial de nuestra permanencia en Él. Pues, al modo como los sarmientos están unidos entre sí, así también nosotros lo estamos en una comunión de vida y de amor. Esta unidad profunda nos mueve a acoger con alegría y esperanza a los dos hermanos nuestros a quienes vamos a conferir el sacramento del Diaconado: D. Felipe Oswaldo Portillo Ramírez y D. Eugenio Nicolás Páez Maidana. Ambos proceden, respectivamente, de sendos pueblos hermanos de Hispanoamérica: el primero de Guatemala y el segundo de   Paraguay. Con ellos acogemos también con gozo a sus familias, estando todos plenamente integrados en nuestra diócesis.

            Fueron, efectivamente, los Padres del Concilio Vaticano II quienes, conscientes de que en muchos lugares de la Iglesia no hay quien desempeñe fácilmente algunas funciones tan necesarias como “la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepultura” (LG 29) y teniendo en cuenta también las funciones de la caridad y de la gestión de los bienes materiales, determinaron el restablecimiento del Diaconado como grado propio y permanente del sacramento del Orden (cf. ib.; AG 16; EO 17). En nuestra diócesis el Sínodo Diocesano de 1993-1995 pidió expresamente que se estableciese“en la diócesis el Diaconado Permanente con las funciones que le son propias”(Sínodo, 364, 2). Atendiendo este deseo mi predecesor Mons. Antonio Vilaplana (q.s.g.h.), mediante el Decreto de 6 de octubre de 1997, lo instauró en la diócesis de León, confiriendo después la ordenación al primer diácono permanente D. Francisco Viñuela Antolín.

            Posteriormente, yo mismo establecí el día 20 de diciembre de 2002 una comisión que nos ayudase en la puesta en práctica de aquella importante decisión. Todavía se tardó un tiempo en llevar a cabo la iniciativa, de manera que en los últimos años, siguiendo las orientaciones de la Santa Sede y de la Conferencia Episcopal Española al respecto, se ha organizado y establecido un plan para la formación de los posibles candidatos a este ministerio. Hoy, al ver a estos candidatos que han llegado a la meta tan largamente ansiada por todos nosotros, damos gracias a Dios y reconocemos la labor abnegada y fiel desarrollada por los responsables de la Comisión Diocesana para el Diaconado Permanente, a quienes quiero felicitar y agradecer también su dedicación a esta importante tarea. Pero la alegría que nos produce la celebración de esta tarde debe ser motivo así mismo para un mayor compromiso y apoyo de toda la diócesis, especialmente del presbiterio. Con este fin establecí la Jornada diocesana del Diaconado Permanente unida al Domingo V de Pascua, conocido como Domingo de los ministerios y que cumple este año la VII edición bajo el lema “La alegría de servir”. Por eso quiero animar también a los que actualmente se preparan para este ministerio e invitar a tantos buenos laicos como hay en nuestra diócesis a plantearse esta posible vocación.

3. Algunas cualidades espirituales y pastorales del Diaconado Permanente

            Queridos hermanos Felipe y Eugenio, elegidos para el diaconado permanente: Vais a ser los primeros diáconos de una nueva etapa de este ministerio en nuestra diócesis. Hablo de nueva etapa en el sentido de que nuestra Iglesia diocesana está enfrentándose a una situación inédita en su larga historia, ocasionada tanto por el descenso y envejecimiento de la población y el abandono progresivo de los pueblos pequeños como por la escasez de vocaciones al ministerio sacerdotal. Las causas son complejas pero la situación se agrava a causa de la elevada media de edad de nuestro presbiterio. Esto quiere decir que el ejercicio del diaconado permanente va a ser cada día más necesario e intenso. Vosotros mismos sois conscientes de ello y lo habéis experimentado ya en la etapa misma de vuestra formación, trabajando pastoralmente y ayudando a los sacerdotes de las zonas donde residís.

            Por eso, permitidme animaros a que cultivéis, junto al amor a vuestra familia y a vuestro entorno humano y social, la conciencia del don que vais a recibir: ser diáconos significa ser servidores de Cristo y de los hombres. Tendréis que configurar vuestra vida con el ministerio que se os confía. El diácono es una persona-signo, a través de la cual el Hijo de Dios encarnado, que vino para servir y dar su vida por los hombres (cf. Mc 10,45), sigue actuando entre ellos. Vuestra vocación y misión tiene su origen en Dios y en Jesucristo y constituye un verdadero carisma eclesial. No sois unos “presbíteros rebajados” ni tampoco unos “laicos promovidos”. Es cierto que padecemos una gran penuria de vocaciones al ministerio sacerdotal y una cierta escasez también al laicado responsable, pero la vuestra es una gracia específica otorgada por un sacramento para que sirváis al pueblo de Dios “en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad en comunión con el Obispo y el presbítero”, en expresión del Vaticano II (cf. LG 29). Cultivad, pues, vuestra vida espiritual y vivid intensamente tanto vuestro matrimonio y responsabilidad familiar como vuestra consagración como diáconos, sin descuidar tampoco vuestras responsabilidades de índole civil y profesional.

                    En esta hermosa tarea os ayudará la diócesis entera y os acompañaremos todos los demás ministros ordenados, comenzando por quien os ha llamado y se siente muy feliz de conferiros hoy el sacramento del Diaconado. Y os ayudarán también vuestras respectivas esposas e hijos. A ellas especialmente quiero decirles, con el mayor respeto y cariño, un muchas gracias intenso y sincero por la aceptación expresa de vuestra vocación y por la ayuda que os van a seguir prestando. Entre todos los miembros de vuestras respectivas familias, descubrid cada día y agradeced este don que el Señor os hace hoy.

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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