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LA ASUNCION DE LA SANTISIMA VIRGEN MARIA

(S.I.Catedral, 15-VIII-2015) "Y apareció en su santuario el arca de la Alianza"

            Ap 11,19.1-6.10; Sal 44             1 Cor 15,20-26             Lc 1,39-56

                                                          Hoy es la Asunción de María.
¡Alegrémonos todos en el Señor 
al celebrar este día de fiesta!

           Excmo. Cabildo catedral,
           Queridos hermanos:
           La solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos nos invita a celebrar el tránsito de María, desde este mundo a la morada de Dios, en la totalidad de su ser, o sea, como decimos habitualmente, “en cuerpo y alma”. Por eso hoy es un gran día de fiesta, siendo incontables los pueblos que celebran su fiesta patronal y las iglesias que llevan el título de Santa María, como sucede en nuestra catedral. Debemos alegrarnos por este motivo y felicitar a Nuestra Señora con las mismas palabras que pronunció Isabel y que acabamos de escuchar en el Evangelio: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1,42).

1. María, “arca de la Alianza” entronizada en el cielo

            En la devoción del pueblo cristiano hacia la Santísima Virgen sobresale, a continuación del rezo del Santo Rosario, la recitación de las letanías, una serie de invocaciones o súplicas cantadas o recitadas entre un cantor y el pueblo, especialmente en las procesiones. Entre las invocaciones dedicadas a Nuestra Señora hay una sobre la que quisiera llamar vuestra atención porque aparece en la liturgia de este día. Me refiero a la invocación que designa a María como “Arca de la Alianza”. Como sabéis, el arca de la Alianza era un cofre colocado en el santuario del templo de Jerusalén, en el que se guardaban las tablas de los diez mandamientos. Era, por tanto, un objeto sagrado que evocaba la presencia de Dios y su voluntad santificadora en medio de su pueblo. Aplicado este título a la Santísima Virgen, nos recuerda que ella es la Madre que llevó en su seno al Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo.

            La primera lectura nos hablaba del arca de la Alianza, pero instalada no en el templo de Jerusalén sino en el interior de los cielos: Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su Alianza, y hubo relámpagos y voces y truenos y una fuerte granizada”(Ap 11,19a). La liturgia de hoy, fiesta de la Asunción, nos invita a contemplar en esa arca precisamente a la Virgen María ya glorificada y representada también por “la mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y (que) está encinta” (Ap 12,1-2a). No en vano María ha sido en la tierra verdadera morada de Dios en medio de los hombres. El evangelio la contemplaba presurosa, llevando en su seno al Hijo de Dios que había tomado cuerpo en ella, en camino hacia la montaña para visitar a su pariente Isabel. El relato de san Lucas evoca de alguna manera el traslado del arca de la Alianza en tiempos del Rey David, como un signo de la presencia de Dios que colmaba de bendiciones a quienes la acogían en su casa (cf. 2 Sam 6,9-11). Esto fue lo que le sucedió a Isabel cuando recibió a María con aquellas palabras: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (Lc 1,43). El evangelio nos dice que Isabel se llenó de alegría al escuchar el saludo de María, gozando después con su presencia, y la del Hijo de Dios en ella, durante aquellos tres meses que fueron una bendición.

            ¿No podíamos nosotros acoger también esta presencia del Hijo de Dios, Jesucristo, a través de María en nuestras vidas, en nuestro corazón? Sin duda lo hemos oído más de una vez: María nos acerca a Cristo, María nos facilita el acceso a Dios con su sencillez, con su humildad, con el testimonio de su fe. Esto lo sabe muy bien el pueblo cristiano que no se cansa, de invocar a la Virgen, de acogerse a su protección, y de decirle una y otra vez en el rezo del Ave María:“¡Bendita tu eres entre todas las mujeres!” reconociendo también que llevó en su seno a Jesús: “y bendito el fruto de tu vientre”. A Isabel le había sucedido lo mismo que a otra célebre mujer del Antiguo Testamento, Ana, la madre del profeta Samuel, que lloraba e invocaba al Señor porque no había tenido hijos. Pero Dios la escuchó y le concedió el don de la maternidad (cf. 1 Sam 1,9-20).  

2. El cántico de los pobres y de los humildes

            Isabel y Ana, las mujeres estériles, y María, la mujer decidida a permanecer siempre virgen (cf. Lc 1,34), fueron, sin embargo, enriquecidas por Dios con el don de la maternidad. ¡Cuántas mujeres hoy, confundidas quizás con la defensa de sus derechos, rechazan este verdadero regalo del que depende, en definitiva, el futuro de la humanidad, y aunque suponga sacrificio y aun dolor, entraña también una felicidad que solo conocen las madres! Isabel y María, abrazadas como las han pintado numerosos y celebrados artistas, no dudaron en abrazar también, lo mismo que Ana, en el estupor de la presencia de Dios, la maravilla divina de una vida humana anidada en su seno. En el diálogo entre el ángel Gabriel y María en la anunciación, el enviado de Dios le había dicho: “También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible»” (1,36-37). Y María había contestado, como puede hacerlo toda mujer que se sabe depositaria del misterio de la vida: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (1,38).

            Y como se narra también en el evangelio de hoy, María, después de escuchar el elogio de su fe y de su obediencia en boca de Isabel,  entonó su alabanza al Dios Altísimo como había hecho también Ana, la madre de Samuel (cf. 1 Sam 2,1-10): “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46-48).El canto de María, el magníficat, es el canto de los pobres, de los sencillos de corazón, de los humildes, de los que no ponen su confianza en el poder ni en las riquezas sino en el Dios que consuela y conforta, y que quiso hacerse, en Jesucristo, solidario con la pobreza humana en cualquiera de sus manifestaciones. María, dichosa y feliz, canta la misericordia de Dios que se fija en los pequeños, que hace justicia más pronto o más tarde y que llena siempre de esperanza a los que acuden a él.

3. La fe de María, estímulo de esperanza en la misericordia divina

            La glorificación de María, su gloriosa asunción en cuerpo y alma a los cielos, representa el destino feliz de la humanidad que se debate entre la mentira de los que se creen señores del mundo y de los demás y la verdad de quienes han hecho del amor y del servicio desinteresado al prójimo una vocación y una constante de vida.  María no se exalta a sí misma sino a Dios que la había elegido y la hizo instrumento de su amor. Esta fue su victoria y en esto consistió su grandeza: en creer verdaderamente en la mirada amorosa de Dios sobre ella, su humilde sierva, y en reconocer que la hizo instrumento de su amor y de su misericordia.

            Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”(Lc 1,48b-49). María se reconoce elegida por Dios para ser instrumento de su amor. Esta fue sin duda su más grande prueba de fe, de humildad y de disponibilidad para los planes divinos de la salvación de los hombres: el haberse dejado poseer totalmente por Dios para que se manifestasen “las proezas de su brazo”, consistentes, como ella misma dice, en enaltecer a los humildes, colmar de bienes a los hambrientos” y, sobre todo,“acordarse de la misericordia” (cf. 1,51-54). Esa misericordia, que es el gran atributo de Dios, quizás la principal expresión de la omnipotencia divina, nos invita en esta fiesta de nuestra Señora a dejarnos llenar de la esperanza. Celebrando a María percibimos en ella el destino de toda la humanidad. Lo que en María fue presencia divina y posesión gozosa para siempre, lo será también para nosotros porque en la Santísima Virgen se anticipa el premio reservado a todos los que se esfuerzan en creer y esperar confiando en la misericordia de Dios.

            Recordémoslo, “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,50). Dentro de unos meses, cuando celebremos el Adviento del próximo año litúrgico, por deseo del papa Francisco, se abrirá para toda la Iglesia y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, un año santo, un jubileo de la divina misericordia. Tengámoslo en cuenta ya desde ahora y pidamos en esta gran fiesta de María que nadie nos robe la gran virtud de la esperanza cristiana.

+ Julián, Obispo de León

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