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CLAUSURA DE LA XIV SEMANA DE PASTORAL

SAN ANTONIO DE LEÓN O.P., MÁRTIR

“Los envió a proclamar el reino de Dios” (Iglesia del Seminario de San Froilán, 24-IX-2015)

    Ag 1,1-14; Sal 149             Lc 9,1-9

            Un año más, con el favor de Dios y con vuestra perseverancia clausuramos con la celebración eucarística a la que seguirá el gesto del envío, la semana de pastoral que hace el número XIV y que ha estado dedicada a “Una Iglesia local en estado de misión”. Han sido unos días de oración, de reflexión compartida y de estudio de diversos temas que nos han preparado para iniciar con alegría y esperanza un nuevo curso. Ahora debemos dar gracias al Señor invocando así mismo la luz y la fuerza del Espíritu Santo para este tramo del camino de nuestra Iglesia diocesana.

Y lo hacemos celebrando también la memoria de un santo leonés, San Antonio González, presbítero y mártir, nacido en nuestra capital el 10 de marzo de 1593. Fue uno de los primeros alumnos de nuestro Seminario diocesano que había sido fundado en 1606. Hizo su profesión religiosa en el desaparecido convento de Santo Domingo y pasó varios años como predicador popular. En 1631 embarcó para Filipinas y cinco años después se trasladó a Japón, donde recibió el martirio tal día como hoy en 1636. Beatificado en Manila en 1983 por San Juan Pablo II, fue canonizado en Roma en 1987 por el mismo pontífice. A ambos santos encomendamos el nuevo curso para que nos  ayuden con su intercesión a entregarnos generosamente a la misión evangelizadora.

1. Importancia de las semanas de Pastoral

Las semanas de Pastoral, en las que participan todos los sectores del pueblo de Dios, nos ayudan a crecer y a madurar en la comunión y en la misión. De ahí su importancia para estimular la participación en la acción pastoral diocesana, parroquial y apostólica. Una vez más, permitidme recordar estas sugestivas palabras del papa San Juan Pablo II: “La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí y se implican mutuamente, hasta tal punto que puede decirse que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión”(Juan Pablo II, Christifideles laici, 32).  El papa Francisco se ha referido también a la “comunión dinámica, abierta y misionera” (EG 31; cf. 23), expresando el deseo de que nuestras comunidades “sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión” (ib. 28). Y nos ha recordado a los obispos que hemos de ir unas veces delante de nuestro pueblo “para indicar el camino y cuidar la esperanza…, otras simplemente en medio de todos con la cercanía…, y en ocasiones… detrás del pueblo para ayudar a los rezagados” (ib. 31).

Por eso, una vez más, quiero dar las gracias a los que, desde el principio, venís organizando y manteniendo, hasta en los más pequeños detalles, estas convocatorias, especialmente al Sr. Vicario de Pastoral y a los delegados diocesanos y directores de los secretariados, a los ponentes y a todos los participantes, especialmente a los que manifestáis una asiduidad admirable. Gracias también a nuestro Seminario diocesano que acoge y facilita, año tras año, el desarrollo de las semanas. Estas me estimulan también a mí en la dedicación a la diócesis. No en vano se iniciaron el primer año de mi estancia en León de manera que el número de las semanas coincide con el de mi dedicación pastoral entre vosotros.

2. La misión de los enviados a proclamar el reino de Dios

            Pero centrémonos en las lecturas de la palabra de Dios. En primer lugar el evangelio, que recoge el envío misionero del grupo de los doce apóstoles durante el ministerio público de Jesús en Galilea, una misión que suscita la curiosidad del tetrarca Herodes. Más adelante san Lucas se referirá también, y con palabras parecidas, al envío de los setenta y dos discípulos que habrían de ir delante de Jesús (cf. Lc 10,1-24)[1]. Aunque hay algunas coincidencias entre ambos episodios, merece la pena que nos fijemos en algunos aspectos. Ante todo en la finalidad del envío misionero: proclamar el reino de Dios” y “curar a los enfermos” (cf. 10,3). Previamente el Señor, después de reunir a los doce apóstoles, “les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades” (cf. 10,2).  En el fondo lo que el Señor hace es transmitir su propia misión y su propio poder, una potestad que se manifiesta en su palabra y en su autoridad sobre los “espíritus inmundos” (cf. 4,36). El evangelista sitúa en primer término el valor de la palabra del Señor, es decir, el anuncio o proclamación del reino de Dios. Lo demás es una consecuencia.

            Porque Jesús no es un mago ni un curandero maravilloso. Ha venido, sí, a sanar y a curar toda clase de dolencias y enfermedades, pero especialmente las del espíritu, de las que son un signo las que afectan al cuerpo. Esto no debemos olvidarlo. Aunque en nuestra misión entra también todo lo que puede ser curación corporal, alivio en la pobreza o promoción humana, la finalidad última de lo que hacemos consiste en la salvación integral de las personas a las que deseamos ayudar. A esta realidad se orienta  la proclamación del reino de Dios a la que aludía el evangelio que se acaba de leer. Estamos llamados, pues, a anunciar el reino de Dios y a liberar al hombre del pecado y de otros males, tanto del espíritu como del cuerpo. Ese anuncio es el primer paso para la liberación, como lo es también para toda acción pastoral y para toda clase de apostolado. El anuncio es una señal de la cercanía del reino.

               No olvidemos la íntima correlación entre estos dos aspectos de nuestra misión evangelizadora. Y tratemos de cumplir también lo que el Señor recomienda: no llevar para el camino nada que pueda estorbar o dificultar nuestra misión (cf. Lc 9,3). Y no por razones meramente ascéticas sino con el fin de estar más disponibles para hablar, para escuchar, para acoger y, en definitiva, para servir a la causa del reino de Dios. Los doce apóstoles, nos dice el evangelista, “se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la buena noticia y curando en todas partes” (Lc 9,6). El celo con el que realizaron este ensayo de la misión futura debió ser tan intenso que el mensaje se extendió, como dice el evangelista, “en todas partes” llegando incluso hasta la corte de Herodes de manera que tanto el tetrarca como la gente estaban perplejos y desconcertados acerca de Jesús y deseaban conocerlo. Una situación semejante tenemos en nuestros días respecto del papa Francisco que no deja de sorprender, mostrando un modo nuevo de pastoral definida por la salida misericordiosa al encuentro de todas las personas, especialmente de los excluidos, los alejados, los débiles y los desprotegidos, a los que Jesús propone servir y amar para anunciarles así el evangelio.

 3. Nuestra actitud ante un nuevo curso y ante los retos de la misión

            Y nosotros, ¿que estamos haciendo en favor del reino de Dios? ¿Con qué empeño nos dedicamos a la misión evangelizadora? ¿Qué actitudes se despiertan en nuestro interior al término de esta XIV semana pastoral? ¿Suscitará curiosidad en la gente nuestra actuación o el mensaje que predicamos? El interés que logremos provocar podría ser un indicativo de la renovación que pretendemos en el ejercicio de  nuestro ministerio o en la acción pastoral. De todos modos, la participación en esta semana que clausuramos y el gesto del envío que haremos al final de la celebración, son ya un estímulo para que salgamos de nosotros mismos, de nuestras posturas más o menos cómodas y de nuestras rutinas, para ser Iglesia diocesana en salida, parroquias y comunidades en salida, familias, grupos, etc., en salida. Por eso, deberíamos examinarnos alguna vez sobre nuestras actitudes de comportamiento y acerca de las motivaciones de nuestra actuación en la Iglesia y en la sociedad.

            Un referente para ese posible examen como enviados y evangelizadores, nos lo facilitaba la primera lectura, tomada del comienzo del libro del profeta Ageo, si bien las circunstancias que refleja el relato son muy distintas de las nuestras. Allí se trataba de la restauración de la comunidad israelita, diezmada y dispersa en el destierro de Babilonia. La reconstrucción del templo, el volver a levantar el santuario, sería la señal de que esa restauración era una realidad. Pero aquella gente prefería levantar, cada uno, su propia casa lujosa, su vida privada podíamos decir, sin importarle el que la casa de Dios, el proyecto de Dios, fuera una ruina. El profeta se esforzaba en hacerles comprender que, mientras no cambiasen de actitud, mientras cada uno se ocupase de su propio bienestar, seguirían siendo malas las cosechas y desastrosos los proyectos. Por eso decía el profeta: “Pensad bien en vuestra situación.Sembrasteis mucho y recogisteis poco; coméis y no os llenáis; bebéis y seguís con sed; os vestís y no entráis en calor; el trabajador guarda su salario en saco roto” (Ag 1, 5-6).

Que no nos suceda esto a nosotros, queridos hermanos. Busquemos siempre el reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,33), es decir, lo que Dios quiere, lo que el Señor espera, lo que la Iglesia y nuestros hombres, mujeres, niños y jóvenes, necesitan y tienen derecho a esperar de los discípulos de Jesucristo. Pongamos manos a la obra confiados en la luz y en la fuerza del Espíritu Santo y en la intercesión de la Virgen del Camino y de los santos leoneses, hoy especialmente del mártir san Antonio González.

+ Julián, Obispo de León


[1] Este segundo envío tuve ocasión de comentarlo en la carta pastoral del curso pasado: Mons. J. López Martín, “Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo” (Lc 10,20b), Carta pastoral. Programa pastoral diocesano 2014-2015, León 2015, pp. 7-32. Puede verse también en el “Boletín oficial de la Diócesis” de julio-agosto de 2014, pp. 585-607.

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