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NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN DEL ROSARIO

V Día de la Novena en honor de la Stma. Virgen del Pilar  (Basílica del Pilar en Zaragoza, 7 de octubre de 2015)

“Hemos conocido la encarnación de Jesucristo”

Is 7, 10-14; Sal 39, 7ss.     Lc 1, 26-38.

            Hace dos días, en la basílica de la Virgen del Camino, en la gran romería “de san Froilán” en honor de la Patrona de la Región leonesa, tuve ya en el pensamiento esta hermosa oportunidad que se me ha brindado de participar en el solemne Novenario de la Virgen del Pilar, que cierra el Año Jubilar motivado por el 1975 aniversario de su venida a Zaragoza. Por eso, desde aquel santuario quiero traer el beso del pueblo leonés al santo pilar, verdadero polo de atracción de la devoción de España hacia la Santísima Virgen María. Agradezco a Nuestra Señora del Pilar esta hermosa ocasión de visitar su santuario y a quienes me han invitado para este día, conmemoración de la Virgen del Rosario.

1. La fiesta de Nuestra Señora del Rosario y el carácter de esta devoción.

         Más allá de los orígenes históricos de esta fiesta, instituida por el papa san Pío V el año 1572 con el título de Santa María de la Victoria, como acción de gracias por la batalla de Lepanto,  y confirmada por el papa Gregorio XIII un año después, ya con el nombre de Rosario de la Bienaventurada Virgen María, lo que esta conmemoración nos recuerda es la práctica piadosa que consiste en la recitación de 50 avemarías distribuidas en cinco decenas, dedicadas cada una a un misterio del Señor y, en algunos de ellos, también de la Santísima Virgen, precedidas, cada decena, del padrenuestro y completadas con la doxología trinitaria. El rosario es una alabanza insistente y reiterada a Nuestra Señora, muy semejante al himno Akáthistos de la liturgia bizantina que se entona cada año el sábado de la quinta semana de Cuaresma. Este célebre himno se canta “no sentados”, que es lo que significa su título, sino de pie, repitiendo una y otra vez el saludo del ángel a María, la Madre de Dios, a la que se invoca también como “Virgen y Esposa”.

       Este hermoso himno oriental y el rosario tienen un fundamento sólido e ineludible en el misterio de la Encarnación, anunciado por el arcángel Gabriel de parte de Dios (cf. Lc 1,26) a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María” (Lc 1,27), misterio revelado precisamente por las palabras del mensaje angélico que hemos escuchado en el evangelio. Por eso la oración colecta de esta celebración es la célebre plegaria conclusiva del rezo del Angelus: “Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo Jesucristo…”. De este modo se nos indica que la piedad mariana y toda forma de devoción a la Santísima Virgen María, tiene su punto de partida, sólido e ineludible, en el misterio del Hijo de Dios que se hace hombre en el seno virginal de María, misterio del que depende también la revelación de las demás verdades de nuestra fe. 

            Por eso, en la recitación del rosario, la contemplación de los misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria, meditados por el pueblo cristiano, se apoya en la recitación reiterada de las palabras del saludo del ángel a María, como sucede en el himno oriental Akáthistos: Ave, María, “llena de gracia, el Señor está contigo”,a las que en occidente se han añadido las palabras de Isabel en la escena de la visitación: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1,42). Esta repetición favorece y requiere a la vez un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorecen, en quien ora, la meditación de los misterios de la vida del Señor", en palabras del beato Pablo VI  (“Marialis Cultus”, 47). Evidentemente, el rosario es una oración esencialmente evocadora y contemplativa, rítmica si se quiere, sencilla y fácil pero de hondo contenido doctrinal y espiritual, basada en el misterio de los misterios que es, después del de la Santísima Trinidad, el de la encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María, anunciado por el ángel.

2. Los misterios gozosos y luminosos de la vida de Cristo

         Como todos saben, el rosario es también un modo de ponerse en presencia de María imitándola en la actitud señalada por san Lucas después de narrar la escena del Niño Jesús perdido y hallado en el templo: Su madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2, 51b; cf. 2, 51). El evangelista alude de manera directa a los hechos de la vida de Jesús que ya se habían producido, pero no excluye los acontecimientos y las realidades que se manifestarían después, según los designios de Dios, y que llamamos precisamente los misterios de nuestra fe. De todos modos es seguro que María mantuvo siempre esa actitud reflexiva y orante ante esos acontecimientos que fue conociendo y en los que participó. Eran los recuerdos de su corazón, impresos en su alma, que la acompañaron en todo momento. Pensemos, por ejemplo, en la venida del Espíritu Santo, cuando los apóstoles “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1, 14).

            María, pues, ha sido la primera en vivir y contemplar los misterios de la vida de Cristo en los que se ha realizado nuestra salvación. Veamos cómo esos misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria, tienen su origen y apoyo básico en el misterio de la encarnación. De manera explícita, en las palabras del ángel a María, se mencionan, junto a la encarnación del Hijo de Dios, los misterios gozosos de la visitación, pues se nombra a Isabel (cf. Lc 1, 36), y del nacimiento de Jesús: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 31). Pero expresión del misterio de la encarnación es también la presentación del Señor en el templo, que comprende una nota de dolor ante el anuncio de la espada que traspasará el alma de María (cf. Lc 2, 35), y la pérdida del Niño Jesús en el templo cuando su Madre y san José lo buscaban angustiados (cf. Lc 2, 48). Estos misterios y todos los demás, han sido llamados “compendio del Evangelio” por san Juan Pablo II (Carta “Rosarium Virginis Marae” 18; cf. “Marialis Cultus”, 42). Concretamente los misterios gozosos nos hacen entrar en los acontecimientos de la infancia de Jesús en los que María tuvo un protagonismo especial, al ser la Madre del Salvador del mundo.

En cuanto a los denominados misterios luminosos por este mismo santo y amado papa que estuvo dos veces en Zaragoza, están centrados en la vida pública de Jesús pero ponen de manifiesto también el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, es decir, del Verbo que “se hizo carney cuya gloria podemos contemplar (cf. Jn 1, 14) al evocar los acontecimientos de su bautismo en el Jordán, su auto revelación en las bodas de Caná, su anuncio del Reino de Dios, su transfiguración y la institución de la Eucaristía.

3. Misterios también de dolor y de gloria

Los misterios dolorosos, por su parte,  invitan al que reza el rosario a fijar la mirada del corazón en la humanidad santísima de nuestro Redentor y a acompañarle desde la oración del huerto hasta la cruz, tratando de ponerse a los pies de esta como María, para entrar con ella en la inmensidad del amor de Dios que tanto amó al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”  (Jn 3,16). La pasión y la muerte del Señor constituyen el aspecto más desconcertante del misterio de la encarnación, cuando el Hijo de Dios se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fl 2, 8). Pero, la revelación del amor de Dios y la contemplación del rostro de Cristo no pueden reducirse a la imagen del Crucificado. Por eso, en los misterios gloriosos, el Verbo encarnado y humillado se nos ofrece vivo y coronado de gloria, resucitado y exaltado a la derecha del Padre y derramando el Espíritu Santo. En los misterios de la resurrección, ascensión y pentecostés se nos descubre lo que san Pablo llama las razones de nuestra fe (cf. 1 Cor 15, 14) que nos permiten revivir intensamente la alegría cristiana. Explícitamente María solo es mencionada en Pentecostés, pero el rosario no podía olvidar que ella participó también en los demás misterios de gloria, y no solo de manera mística o sacramental como nosotros en el bautismo y en la confirmación, sino físicamente en su cuerpo virginal que la muerte no pudo atrapar en la corrupción del sepulcro, pues fue elevada al cielo en la asunción y coronada de gloria como Reina y Señora de todo lo creado.

4. Unas últimas consideraciones acerca del rosario

      Al evocar hoy, en la memoria de Nuestra Señora, la Virgen del Rosario, los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de la vida de Jesucristo y de la singular participación en ellos de María, su Madre, hemos podido comprender de qué manera el misterio de la encarnación del Hijo de Dios es la fuente y el núcleo no solo del misterio de Cristo sino también de la oración cristiana sobre la base más segura que es la palabra de Dios recibida, meditada y hecha plegaria por la Iglesia. No en vano la oración básica del rosario consiste en la recitación reiterada del padrenuestro y del avemaría que concluye, al final de cada misterio, con la doxología o alabanza trinitaria. Es justamente en esta reiteración del saludo angélico, en lo que el rosario coincide con el himno oriental citado antes. Pero va más lejos, al situarnos de una manera sencilla y clara ante los distintos misterios que jalonan la historia de nuestra salvación. ¡Qué bien lo saben los fieles cristianos, especialmente las almas sencillas, cuando una y otra vez repasan las cuentas del rosario! Lourdes primero y Fátima después, han hecho de esta devoción una de las principales prácticas de la piedad popular cristiana.

Un modo de hacer más provechosa la recitación del rosario consiste en acompañarlo de breves lecturas bíblicas referidas a cada misterio, introduciendo también algún canto y momentos de silencio, y solemnizando el comienzo y el final. Pero no olvidemos tampoco que esos misterios que se anuncian y se meditan en el rosario tienen su verificación y su actualización sacramental en las celebraciones litúrgicas. Que la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Pilar, que es como decir Nuestra Señora de todos los títulos y de todo el amor del pueblo cristiano de la Hispanidad, nos ilumine y nos asista, y que por su intercesión, como dice su oración propia, el Señor nos conceda fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”.

+ Julián, Obispo de León

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