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SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

L ANIVERSARIO DE LA CLAUSURA DEL CONCILIO VATICANO II

(Santa Iglesia Catedral, 8-XII-2015)

                               Elegida “en Cristo antes de la fundación del mundo"

            Gn 3,9-15.20; Sal 97            -             Ef 1,3-6.11-12            -             Lc 1,26-38

            Alabemos a Cristo, el Cordero sin mancha,
 que en la Virgen Inmaculada nos ha dado
la "imagen de la Iglesia, llena de juventud
y de limpia hermosura".

            El tiempo de Adviento, dentro del cual se celebra la solemnidad de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen María, tiene añadido este año un especial motivo de alegría y de esperanza. Me estoy refiriendo al Año Jubilar de la Misericordia, anunciado por el papa Francisco el día 13 de marzo pasado para conmemorar, entre otros fines, el 50º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II que se cumple hoy precisamente, 8 de diciembre (1965-2015). Esta mañana el Santo Padre ha inaugurado ya este Año Jubilar en Roma abriendo la Puerta santa de la Basílica de San Pedro, habiendo dispuesto que el próximo domingo, III de Adviento, día 13 de diciembre, se inaugure en todas las diócesis del mundo. Así lo haremos nosotros, Dios mediante, a las 5 de la tarde en nuestra Santa Iglesia Catedral, realizando también una procesión penitencial que nos llevará ante la Real Colegiata de San Isidoro, para abrir allí la Puerta del perdón y entrar por ella obteniendo la“indulgencia jubilar”.

1. Adviento de la Misericordia divina manifestada primero en María

       Este doble gesto, la procesión penitencial y la entrada por la puerta santa, es un “signo visible”, como quiere el papa, “de la comunión de toda la Iglesia”, que deberá prologarse en su significado fundamental de acceso a la misericordia del Padre que nos espera siempre con los brazos abiertos para acogernos e introducirnos, ya reconciliados, en el banquete de su amor, como anunció nuestro Señor Jesucristo en la célebre parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32). De este modo se cumplirá lo que anuncia san Pablo en la II lectura de hoy, aun cuando la intención de la liturgia de este día al proclamar dicho texto, sea resaltar la extraordinaria elección y santidad que se da en la Virgen María, la llena de gracia desde el primer instante de su ser.

    En efecto, San Pablo está contemplando el plan divino referido a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que este amó y por la que se entregó para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra y colocarla junto a sí resplandeciente, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 25-27). Esto es justamente lo que Dios espera de todos nosotros en el Año Jubilar de la Misericordia, hombres y mujeres reconciliados y santificados. Este fue el gran proyecto de Dios al pensar en la Iglesia, una humanidad que no tenga ya que huir y esconderse como Adán, avergonzado y desnudo a causa del pecado, como relataba la I lectura que hemos escuchado. Una humanidad que pueda, por fin, comparecer ante Él y disfrutar de los bienes que Dios ha preparado.

   Como un signo cargado de esperanza y como garantía de que Dios no se vuelve atrás de sus promesas, tenemos ante nosotros la figura de la Santísima Virgen María en la fiesta de su Concepción Inmaculada. Ella es, como proclama el prefacio de hoy, el “comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura”. Ella ha sido la primera en la que se han realizado las promesas del Señor que se cumplirán también en nosotros, elegidos “en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor”,y destinados “por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser” hijos de Dios (cf. Ef 1,4-5), como escuchábamos en la II lectura. Esto hace que volvamos una vez más la mirada a María, la contemplemos “llena de gracia” como la llamó el ángel en el evangelio (Lc 1,28), y no nos cansemos de saludarla así, una y otra vez, al rezar el avemaría. Por eso ella es también, con toda razón, invocada por el pueblo cristiano como “Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra”. Porque, si en Cristo, se ha revelado la misericordia de Dios, en María esta misericordia empezó a hacerse realidad cumplida.

2. El Concilio Vaticano II y el postconcilio bajo la protección de María

      En esta perspectiva gozosa y esperanzada del Adviento del “Año Jubilar de la Misericordia” , el papa Francisco ha querido evocar también el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, el mayor acontecimiento de la Iglesia en el siglo XX. Hoy hace cincuenta años que el beato Pablo VI confiaba a María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, la ingente tarea de llevar a la práctica las disposiciones conciliares con estas proféticas y estimulantes palabras: “Mientras clausuramos el concilio ecuménico festejamos a María Santísima, la madre de Cristo, la Madre de Dios y la madre espiritual nuestra. A María Santísima la decimos Inmaculada; esto es, inocente, purísima, perfecta; es decir, la mujer ideal y real al mismo tiempo; la criatura en la cual se refleja la imagen de Dios sin ninguna turbación, como sucede, en cambio, con otras criaturas humanas” (Pablo VI, Homilía en la Misa del 8-XII-1965).

            Los que tuvimos la suerte de conocer aquel acontecimiento, ya desde su anuncio por san Juan XXIII el 25 de enero de 1959, y lo fuimos siguiendo en  sus cuatro etapas desde el 11 octubre de 1962, fiesta entonces de la maternidad divina de María, hasta su clausura tal día como hoy en 1965 -yo era todavía seminarista pero guardo recuerdos muy vivos de cómo se siguió en mi diócesis el desarrollo del concilio-, no podemos por menos de dar gracias a Dios. Por eso os invito a evocar aquel hecho histórico con gratitud hacia Él y también hacia los padres conciliares que lo protagonizaron, entre ellos Mons. Luis Almarcha (q.e.p.d.), entonces obispo de León.

     Ciertamente han pasado muchos años, pocos todavía para valorar el alcance de un concilio ecuménico, pero al recordar que el Vaticano II ha marcado profundamente los cincuenta años transcurridos y, de alguna manera también, nuestras propias vidas, ¿cómo no vamos a agradecer al Señor el camino, sembrado de no pocas dificultades pero jalonado también de momentos de luz y de fortaleza que han marcado el camino de la Iglesia en este período. Hace diez años justamente, el papa Benedicto XVI, hoy emérito, decía en la plaza de España ante el monumento a la Inmaculada: “La Virgen ha apoyado… a los pastores, y en primer lugar a los sucesores de Pedro en su exigente ministerio al servicio del Evangelio; ha guiado a la Iglesia hacia la fiel comprensión y aplicación de los documentos conciliares” (8-XII-2005).

3. Confianza en el futuro bajo el amparo de María

   Y así seguirá sucediendo en el futuro. Por eso, ante el inmediato Año Jubilar de la Misericordia y fijando nuestra mirada en María, “mujer humilde, hermana nuestra, y al mismo tiempo celestial, Madre y Reina nuestra, espejo nítido y sagrado de la infinita Belleza”, en palabras nuevamente del beato Pablo VI al clausurar el concilio (8-XII-1965), debemos reafirmar nuestra fe y nuestra confianza en la asistencia del Señor que no ha dejado ni dejará nunca de su mano a la Iglesia santa y universal, extendida por toda la tierra y presente en cada comunidad diocesana o local. Por eso quiero recordar hoy también, con gratitud y afecto, que el 8 de diciembre de 1995, por tanto, hace 20 años, se clausuraba en nuestra diócesis el Sínodo diocesano que, bajo el lema “Por una nueva evangelización” fue convocado, presidido y clausurado por mi predecesor Mons. Antonio Vilaplana (q.e.p.d.).

    Volviendo de nuevo nuestra mirada hacia la Santísima Virgen María en esta solemnidad de su Concepción Inmaculada, estoy seguro de que, si procuramos imitarla en su fe en la palabra de Dios y en su disponibilidad  para cumplir la voluntad divina, la belleza de Nuestra Señora será para nosotros no solo referencia y modelo de santidad sino también estímulo de alegría y esperanza confortadora. El prefacio de la misa de hoy recuerda también que Ella es “entre todos los hombres abogada de gracia y ejemplo de santidad”. Por eso ponemos en sus manos, con confianza filial, el presente y el futuro de nuestra diócesis y, de manera particular, el próximo Año Jubilar de la Misericordia. Apoyémonos siempre en María. Ella es nuestra Madre, Madre de la Iglesia y Madre de todo el pueblo cristiano.

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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