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JUBILEO DE LOS ENFERMOS Y DISCAPACITADOS

LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA DE LOURDES (Basílica de San Isidoro, 11 de febrero de 2016)

“El que pierda la vida por mi causa la salvará”

Deut 30,15-20          Sal 1,1-4,6          Lc 9,22-25

Hoy, 11 de febrero, conmemoración de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, apenas iniciada la Cuaresma de este año, habéis venido a la basílica de san Isidoro entrando por la “puerta santa del perdón” para celebrar el Jubileo de los Enfermos y Discapacitados. Vuestra presencia y la de tantas personas de la Hospitalidad, nos hace recordar y revivir las peregrinaciones al célebre santuario mariano donde la Santísima Virgen María acoge a todos los que acuden a ella en demanda de la salud del alma y del cuerpo. Nuestro primer pensamiento en esta celebración jubilar, se dirige por tanto hacia ella, que preside también las Jornadas diocesanas de Pastoral de la Salud bajo el sugestivo lema: “Confiar en Jesús misericordioso con María”, sin que represente un obstáculo el que esta conmemoración mariana tenga lugar iniciado ya el periodo cuaresmal de preparación para la Pascua.

1. El camino cuaresmal que conduce a la vida

Estamos, pues, al comienzo de la Cuaresma, que es una verdadera peregrinación espiritual, como acaba de mostrarnos la I lectura que se ha proclamado, al presentarnos un doble itinerario para que elijamos el camino que conduce a la salvación: “Hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla”(Dt 30,15-16). Dos son, efectivamente, los caminos que se abren ante nosotros, pero el Señor señala el verdadero poniéndonos en guardia contra la falsa ilusión que supondría adentrarnos por la senda equivocada, que suele ser la más fácil porque ofrece ventajas inmediatas pero que no puede terminar bien.

Dios, que es un Padre inmensamente bueno y amoroso con sus hijos, está pensando siempre en nuestro bien. Es cierto que tiene un gran respeto por nuestra libertad pero no vacila al proponernos el camino verdadero aunque sea más difícil y costoso para nosotros. Sin obligarnos ni presionarnos él señala el peligro y nos advierte de las consecuencias de optar por una o por otra senda, la que lleva a la vida, y la que conduce a la muerte: “Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición” afirma por segunda vez (Dt 30,19b). La senda de la vida consiste en la observancia de los mandamientos, la senda de la muerte, por el contrario, está marcada por nuestros propios gustos y criterios, muchas veces equivocados. Este segundo camino es más fácil pero termina mal.

Dios podría presionarnos, obligarnos, pero quiere y espera de nosotros una respuesta libre, la respuesta propia de los hijos que actúan no por temor ni por miedo sino con amor y confianza. Elijamos bien “amando al Señor…, escuchando su voz, adhiriéndonos a él…, pues él es nuestra vida” (Dt 30,19c-20). Si de veras acogemos este mensaje, persuadidos del amor de Dios para con nosotros, crecerá nuestra confianza en él y será más fácil cumplir su voluntad.

2. Un camino de salvación marcado por la cruz

            En el evangelio Jesús se refería también a una elección semejante. Decía el Señor: El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”(Lc 9,24). Nuevamente los dos caminos, el de una vida de placer inmediato que, a la larga, puede desembocar en la pérdida de la salvación; o la renuncia a nosotros mismos y a nuestros gustos y deseos inmediatos que, paradójicamente, nos conducirá a la salvación. No hay término medio. Los caminos son diferentes, como diferente es el resultado de elegir uno u otro. Uno es el camino equivocado, el que trae consigo el mal. El otro es el camino del bien, que se traduce en fuente continua de bendición.

Pero el Señor dice más en el evangelio. Dios no se ha limitado a señalarnos el camino verdadero sino que ha enviado a su propio Hijo a recorrerlo con nosotros. Esta es la gran revelación del amor infinito del Padre que no contento con haber señalado, ya en el Antiguo Testamento, el camino de la salvación, ha elegido un medio para encauzar nuestra vida absolutamente inaudito y asombroso: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”  (Lc 9,22).  Un camino que, desde nuestra mentalidad humana, interesada y egoísta, nos tiene que parecer una locura. Una locura, sí, pero de amor, como dirá san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

En efecto, reflexionemos al comenzar la Cuaresma. El camino seguro consiste en imitar a Jesucristo en esa entrega generosa marcada por la cruz de cada día: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc 9,24). Hemos de abrazarnos, pues a la cruz para encontrar la vida. Por eso, de nada sirve ganar el mundo entero si uno se pierde. Únicamente muriendo a nosotros mismos entraremos en la senda de la libertad y de la alegría verdaderas.

3. En el marco del Año Jubilar de la Misericordia

Por eso es en esa cruz de cada día donde se encierra y se nos ofrece la salvación y donde reside la fuerza que necesitamos para seguir caminando. Esto lo sabéis muy bien las personas cuyas vidas están de alguna manera más vinculadas a la cruz de Cristo a causa de la enfermedad, la discapacidad u otra limitación física. Estas situaciones, sobre todo si revisten cierta gravedad, plantean no pocos interrogantes a la conciencia cristiana y ponen a prueba incluso la fe en Dios. Sin embargo, paradójicamente, es la fe, alimentada en la palabra del Señor, la que viene en ayuda del que sufre o padece para acercarle más estrechamente a Jesucristo que camina siempre a nuestro lado cargado con la cruz y que nos ayuda también a llevar la nuestra. Lo ha recordado este año el papa Francisco en su mensaje para la actual XXIV Jornada Mundial del Enfermo vinculando además esta celebración a la Santísima Virgen María en el acontecimiento evangélico de las bodas de Caná con este lema: «Confiar en Jesús misericordioso como María: “Haced lo que Él os diga”»(Jn 2,5).

Pidamos en esta Jornada Mundial del Enfermo en el marco del Año Jubilar, por intercesión de María, Salud de los Enfermos y Reina y Madre de Misericordia, que el Señor conceda a todos fortaleza para superar la prueba del dolor y, sobre todo, generosa disponibilidad para ayudar a los necesitados, y concretamente a nuestros hermanos enfermos. No olvidemos que una de las obras de misericordia corporales, la quinta según el evangelio según san Mateo (cf. 25,36), es precisamente “visitar” oasistir“a los enfermos”. En este sentido el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que “la enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud” (CCE n. 1500). De ahí que el servicio humano, material o espiritual, que se presta a los enfermos, es algo divino como dice el papa, porque es colaborar con Dios siendo manos, brazos, corazones que le ayudan a realizar sus prodigios, con frecuencia escondidos”, de manera que “cada vez que se ayuda discretamente a quien sufre o está enfermo, se tiene la ocasión de cargar sobre los propios hombros la cruz de cada día y de seguir al Maestro”(cf. Lc 9,23).

            Queridos hermanos: la Cuaresma es un tiempo de gracia (cf. 2 Cor 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: Amemos a Dios porque él nos amó primero (cf. 1 Jn 4,19), pero amémosle en nuestros hermanos necesitados o enfermos. Lo que hagamos por ellos se lo hacemos a Él mismo (cf. Mt 25,39-40). Vivamos la cuaresma de este Año Jubilar con mayor intensidad, si cabe, que otros años. Hagamos de ella un momento fuerte para celebrar y experimentar en nuestra vida la misericordia de Dios.

+ Julián, Obispo de León

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