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MIÉRCOLES SANTO - 2016 - MISA CRISMAL

(S.I. Catedral, 23-III-2016) 
"El Señor me ha ungido y me ha enviado"

            Is 61,1-3a.6a.8b-9; Sal 88                  Ap 1,5-8            Lc 4,16-21

                        ¡Alabemos a nuestro Señor Jesucristo,
el Sumo Sacerdote
a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo!
(cf. Hch 10,38)

            La Misa Crismal que nos congrega en las vísperas de los días santos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, tiene en este “Año Jubilar de la Misericordia” el carácter de Jubileo del Presbiterio diocesano. Por este motivo la celebración que el beato Pablo VI quiso que fuera un momento conmemorativo de nuestra participación en el sacerdocio de Jesucristo, tiene hoy un carácter especialmente gozoso y alentador. No en vano, en la proximidad del Jueves Santo, cuando la Iglesia conmemora la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, se nos invita a renovar el “sí” de nuestra entrega al Señor cuando fuimos llamados para dedicarnos totalmente al ministerio sacerdotal. Aquella fue una respuesta semejante a la del profeta Isaías cuando escuchó la voz de Dios: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?. Y cada uno contestamos como el profeta: “Aquí estoy, mándame” (Is 6,8). Y el Señor en su bondad y misericordia, por mediación del obispo que nos impuso las manos, nos consagró y nos envió para la misión.

1. La misericordia del Señor se ha derramado en nuestra vida y ministerio

            Esa llamada y respuesta que con el paso de los años corren el riesgo de irse difuminando en el recuerdo, es lo que yo quisiera evocar en estos momentos en cada uno de vosotros, hermanos sacerdotes, y en mí mismo con el deseo de que todos podamos decir como san Pablo que, “encargados de este ministerio por la misericordia de Dios no nos acobardamos”  (2 Cor 4,1). Pidamos hoy, en el Jubileo de nuestro presbiterio, que aquella respuesta se mantenga activa, alimentada continuamente por una sólida espiritualidad. En una celebración de la Misa crismal el hoy papa emérito Benedicto XVI comparaba en su homilía el misterio del óleo de la unción sacerdotal, el santo crisma, con la misericordia divina en base a la proximidad, en la etimología, entre las palabras griegas “élaios”,aceite, y “éleos”, misericordia. A partir de esa proximidad de significados, Benedicto XVI exhortaba a los sacerdotes a tomar conciencia de que hemos sido ungidos con el óleo de la misericordia, realidad que nos exige vivirla y manifestarla en nuestro ministerio.

            Un mensaje semejante me parece encontrar en el discurso del papa Francisco a los Misioneros de la misericordia el día 9 de febrero pasado, cuando les invitaba a ser testigos de la cercanía de Dios y de su forma de amar. El papa se dirigía también a todos los sacerdotes con el deseo de que la cercanía de Dios se hiciese patente en las Iglesias locales. Se refería al ejercicio del ministerio de la reconciliación, pero su pensamiento se alargaba de manera coherente a las relaciones del sacerdote con todas las personas que se acercan a nosotros. Y en este sentido animaba a reflejar en nuestras relaciones la maternidad de la Iglesia, su ternura al engendrar nuevos hijos en la fe, al alimentarlos con la palabra de Dios, disponerlos a la conversión y renovarlos con el perdón divino.   

            En este sentido recordaba cómo en el sacramento de la Penitencia, ante el sacerdote, no hay pecado sino una persona, un pecador, que quisiera no ser así, alguien que siente el deseo de ser acogido y perdonado. “Ser confesor, según el corazón de Cristo, decía el papa Francisco, equivale a cubrir al pecador con el manto de la misericordia para que ya no se avergüence y para que pueda recobrar la alegría de su dignidad filial” (Discurso: “Ecclesia” n. 3820, p. 23). Por eso la actitud misericordiosa no queda reducida al sacramento de la Penitencia, sino que se debe extender a todo el ministerio sacerdotal.

2. Ungidos y enviados para la misericordia

    Esta invitación adquiere un significado especial en el marco de la celebración en la que se consagra el Santo Crisma y se bendicen el Oleo de los Enfermos y el Oleo de los Catecúmenos que se usarán después en varios sacramentos. Las lecturas que se han proclamado nos hablaban de la unción de Cristo, unción sacerdotal y mesiánica en toda su amplitud, pues Jesucristo reúne en sí todos los significados de la función de los profetas, de los sumos sacerdotes y de los reyes de Israel. Son numerosos los pasajes del Antiguo Testamento que hacen referencia a la unción como investidura de estos personajes para la misión que el Señor quería confiarles pese a sus debilidades y fallos. En realidad, la función que ostentaban era promesa y anuncio de Jesucristo, el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 10,37) como Él mismo afirmó en la sinagoga de Nazaret al aplicarse las palabras del profeta Isaías que escuchábamos en la I lectura y en el evangelio: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado…” (Lc 4, 18-19; cf. Is 61,1ss.).

La unción significaba en Él la presencia invisible del Espíritu Santo que asistía con su fuerza a los enviados de Dios. Lo mismo sucede a los actuales enviados para hacer realidad en la sociedad y en el mundo la misericordia divina. San Cirilo de Jerusalén recordaba a los cristianos de su tiempo que así como “Cristo fue ungido con el óleo espiritual de la alegría, es decir, con el Espíritu Santo…”, así también ellos, “al ser ungidos con ungüento material”, eran“hechos partícipes y consortes del mismo Cristo” (Catequesis 21).

            Pero esa unción mesiánica de Jesucristo, que actúa en todos los fieles cristianos convirtiéndolos en "pueblo sacerdotal" dotado de diferentes carismas y funciones por el mismo Espíritu (cf. 1 Pe 2,5.9), se confiere y transmite a unos elegidos de entre ese mismo pueblo para que desempeñen su cometido en el grado específico que les vincula a la condición de Cristo cabeza y fundamento del cuerpo eclesial (cf. LG 10; 28; PO 2; CCE 1548). La misión de salvación que el Padre confió a su Hijo Jesucristo al ungirle con la fuerza del Espíritu Santo, fue comunicada por el Señor a los apóstoles y por ellos a sus sucesores juntamente con el don del mismo Espíritu. Por eso los ministros ordenados, es decir, los diáconos, los presbíteros y los obispos hemos sido configurados a Cristo por el sacramento del Orden, para ejercer el ministerio en su nombre y con el poder de su Espíritu.

3. Nuestro ministerio sacerdotal al servicio de la misericordia

            Ahora bien, esta gracia que brota de la unción del Espíritu Santo comunicada en el sacramento del Orden, no sólo no nos aleja del pueblo de Dios, sino que nos pone al servicio de ese pueblo y de la condición de sacerdocio común que atañe a todos los fieles. Esto parecen insinuar las palabras del Apocalipsis, que han resonado en la segunda lectura, referidas a Cristo: "Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre" (Ap 1,5b-6a). Pertenecemos, pues, a esa comunidad sacerdotal en virtud de la consagración bautismal pero, al mismo tiempo, hemos recibido el don y la misión de hacer presente en la vida de la Iglesia a Cristo, “misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere” como recuerda la Carta a los Hebreos (Hb 2,17), realizando las funciones confiadas a los apóstoles de celebrar la eucaristía y los demás sacramentos, perdonar los pecados y garantizar la comunión eclesial.

            Esa misma unción sacerdotal es justamente la que nos convierte en “ministros cualificados de la misericordia de Dios” de manera que el ejercicio de nuestro ministerio ha de tener siempre como referencia la actitud de Cristo que se compadecía de la multitud “porque andaban como ovejas que no tienen pastor”(Mc 6,34). En Él la misericordia no era un sentimiento superficial y pasajero sino la capacidad de compadecerse de sus hermanos y una actitud adquirida a través de la experiencia personal del propio sufrimiento (cf. Hb 2, 18). La misericordia, dijo el papa Francisco, al anunciar el actual Jubileo, es lo único que puede salvar al hombre y al mundo del pecado y del mal. En esto consiste también nuestro ministerio, muy especialmente en el sacramento de la penitencia o de la reconciliación del hombre con Dios como recordé antes (cf. MV 18). Por eso, todo sacerdote está llamado a ser un convencido y leal enviado de Cristo, para actuar siempre con entrañas de misericordia cuidando, buscando y acompañando con el amor y dedicación del Buen Pastor a los fieles que le han sido confiados.

            Queridos hermanos: Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir de nuevo la gracia de nuestra unción sacerdotal como “un misterio de misericordia” que nos mueva e impulse a vivir siempre “con sentido de infinita gratitud el don del ministerio” confiándonos nosotros también “a la misericordia de Dios, para entregarle con sincero arrepentimiento nuestras debilidades y volver con su gracia a nuestro camino de santidad” (S. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes, Jueves Santo 2001). En esto consiste también, para nosotros, el ser misericordiosos dado que fuimos ungidos un día con la fuerza del Espíritu Santo como Jesús.

                                                                       + Julián, Obispo de León

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