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2016 - DOMINGO VII DE PASCUA – SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN

Jubileo de la Cultura y de los Medios de Comunicación Social
“Vosotros sois testigos de esto”

               Hch 1, 1-11 y             Ef 1,17-23 (o Hb 9, 24-28; 10, 19-23)            Lc 24, 46-53

La solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos que celebramos este domingo representa un momento singular pero inseparable del misterio pascual de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Un momento que nos invita a considerar la exaltación y la glorificación de la condición humana del Resucitado como contrapunto del desprecio y abandono que padeció en su pasión y muerte de cruz.  Las primeras comunidades cristianas fueron muy conscientes de esta doble realidad tal y como la destaca San Pablo después de haber aludido a la humillación de Jesús y a su obediencia hasta la muerte: “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre” (Fl 2, 9).

En el marco de esta celebración la Iglesia Católica ha querido llamar la atención de pastores y fieles sobre la importancia de los medios modernos de comunicación social. En nuestra diócesis hemos procurado también, con ocasión del Año Jubilar de la Misericordia, invitar a los profesionales de estos medios así como a los representantes del mundo de la cultura, la música, los museos, las fundaciones, el arte, etc., a participar en el jubileo convocado por el papa Francisco. Reciban unos y otros el testimonio de nuestro reconocimiento y estima por su dedicación.

1. Anunciar el misterio de la Ascensión del Señor

La Ascensión del Señor a los cielos representa, efectivamente, un aspecto muy significativo de la glorificación de Jesucristo, un verdadero contraste y compensación ante sus discípulos y los más cercanos seguidores del Divino Maestro. El acontecimiento de la Ascensión ha sido narrado tanto por la primera lectura, tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, como por el Evangelio según san Lucas. Ambos escritos tienen un mismo relator, San Lucas que, para escribir su crónica y dejar constancia de lo acontecido con Jesús, declaró al comienzo de su evangelio, su propósito de narrar el acontecimiento por su orden…, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio”, consciente de que otros habían emprendido también la tarea de componer un relato de los mismos hechos “como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra”, y con el fin de que los futuros lectores conocieran la solidez de la enseñanza recibida (cf. Lc 1, 1-4). Estamos, por tanto, ante una verdadera crónica, hoy diríamos informativa y periodística, pero con el valor añadido del testimonio de quienes recibieron el mandato expreso de Jesús de ser testigos de todo aquello  (cf. Lc 24, 48).

Esta circunstancia confiere un relieve especial a esta convocatoria jubilar de los medios de comunicación y del amplio mundo de la cultura, porque nos hace caer en la cuenta de que el mensaje cristiano debe llegar a los hombres de todos los tiempos y lugares como un testimonio acreditado por el trabajo honesto y riguroso de quienes han de comunicarlo. En este sentido la Iglesia, desde el principio, empezó difundir el evangelio amparada, sí, en la fuerza del Espíritu Santo, pero también en la seguridad que ofrece el apoyarse en los que fueron “testigos oculares y servidores de la palabra” (Lc 1, 8). Por eso no hay, no puede haber, ruptura entre Jesucristo y la Iglesia. Esta debe esforzarse continuamente en servir a la verdad histórica para cumplir su misión. En el Año Jubilar de la Misericordia este servicio puede y debe ser considerado como una de las obras de misericordia espirituales en la línea del “enseñar al que no sabe”, porque en esto consiste, en última instancia, el informar, el educar, el promocionar a las personas, etc., y para un cristiano, especialmente, el dar razón de la fe y de la esperanza (cf. 1 Pe 3, 15) y, si es posible, con alegría, con la alegría que brota del Evangelio, como propone el papa Francisco (cf. “Evangelii gaudium”, nn. 9 ss.).

2. La misión de anunciar hoy el Evangelio

La misión de la Iglesia, arraigada en Jesús con la fuerza del Espíritu Santo, comenzó inmediatamente. No hay, por tanto, una ruptura entre el tiempo de Cristo y el tiempo de la Iglesia. El Señor había consumado su muerte redentora, pero volvió junto a sus discípulos en la resurrección para ser inmediatamente elevado al cielo, ocultado por lanube de la gloria divina (cf. Hch 1, 9). Los discípulos ya no lo volvieron a ver, pero habían sido confirmados en el mensaje objeto de su anuncio misionero. Al principio no comprendieron las Escrituras y miraban a lo alto embelesados. Pero “se presentaron dos hombres vestidos de blanco” como sucedió ante el sepulcro vacío para sacarlos del asombro (cf. Hch 1, 10; Lc 24, 4). Sus palabras fueron decisivas: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como le habéis visto marcharse” (Hch 1, 11).

            Se inauguraba así el tiempo de la Iglesia, el tiempo de la misión y de la predicación del evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Lc 24, 47; Mc 16, 20). Se insinúa también el cumplimiento del designio de Dios, a saber, la salvación de los hombres anunciada primero a Israel y desde entonces a todas las gentes (cf. Mt 28,29) e inaugurada en la glorificación de Jesucristo y que va realizándose en lo que constituye la última etapa de la historia de salvífica. En esta obra de llamada y ofrecimiento universal del evangelio a todos los hombres, por larga y laboriosa que pueda ser, el Resucitado estará siempre presente en medio de los suyos (cf. Mt 28, 20), a los que asistirá también el Espíritu Santo según la promesa de Jesús: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hch 1, 8; cf. Lc 24, 47-49)”.

            Los cristianos llevamos más de veinte siglos cumpliendo esta misión. El anuncio del Evangelio a todas las gentes ha supuesto, ciertamente, un estímulo en muchos casos, en otros un verdadero revulsivo, y en algunos posiblemente también un choque cultural. Por eso la Iglesia de nuestro tiempo ha reflexionado, especialmente desde el Concilio Vaticano II, sobre esta realidad que afecta de manera directa a su misión. “El proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la predicación del Evangelio”, en palabras del papa san Juan Pablo II, muy consciente también de que el mensaje evangélico es para todo el hombre y para todos los hombres  (cf. Enc. “Fides et Ratio”, n. 70-71).

3. En la L Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

En esta convocatoria diocesana del Jubileo de la Misericordia no podían faltar estas referencias que ciertamente desbordan, dada su complejidad, el espacio de una homilía. Pero no quiero dejar de mencionar tanto el aspecto más positivo del encuentro actual del Evangelio con nuevas áreas culturales que han abierto a la Iglesia insospechados horizontes en la misión, así como los retos y desafíos no cumplidos, especialmente hoy, al tratar de de devolver la vitalidad religiosa a una sociedad como la nuestra, de históricas raíces cristianas, pero en gran medida secularizada y con el riesgo de olvidar esas raíces en aras de un costumbrismo superficial.

            Hoy,  “L Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales”, la única instituida por el Concilio Vaticano II y que cumple precisamente su quincuagésima edición en el marco del citado Jubileo al que hace referencia en el lema: “Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo”, debemos recordar que así como la misericordia es el sello distintivo del ser y del actuar de la Iglesia -ya que la relación entre Iglesia y misericordia no es extrínseca ni muchos menos accidental sino intrínseca y constitutiva, y atañe directamente a su misma identidad-, la comunicación debería “expresar la compasión, la ternura y el perdón de Dios para con todos”, porque “el amor, por su naturaleza, es comunicación, lleva a la apertura, no al aislamiento. Y si nuestro corazón y nuestros gestos están animados por la caridad, por el amor divino, nuestra comunicación será portadora de la fuerza de Dios” (Mensaje del papa Francisco para la Jornada).

            Todos los que tenemos como vocación y misión, o como tarea profesional, la función de comunicar -en el ejercicio del ministerio de la Palabra los pastores de la Iglesia y en el desempeño diario de la tarea de informar los profesionales de la comunicación y por extensión quienes influyen en el amplio mundo de la cultura-, deberíamos ser capaces de movernos siempre en la verdadera y auténtica humanidad, aprendiendo cada día a esparcir la misericordia con palabras de esperanza y de vida y en gestos de amor y de comprensión, dejándonos influir por las vivencias humanas y, sabiendo que “tocar la miseria humana es tocar la carne de Jesús”, como ha recordado también el Papa Francisco[1].

+ Julián, Obispo de León


[1] Mensaje en Twitter del Papa Francisco, jueves 10 de abril de 2014: “Jesús nos enseña a no avergonzarnos de tocar la miseria humana, de tocar su carne en los hermanos que sufren”

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