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2016 - JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

(19-V-2016) - "Sumo Sacerdote misericordioso y fiel"

Hb 10,11-18; Sal 39             Lc 22,14-20

            Este año hemos querido dedicar nuestra fiesta anual de gratitud y de homenaje a los presbíteros que celebran su jubileo de plata de oro y de diamante a nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, con motivo del Año Jubilar de la Misericordia. Pues, no en vano, en la Carta a los Hebreos nuestro Redentor es reconocido y proclamado “Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere” (Hb 2, 10). Aunque ya celebramos nuestro Jubileo como presbiterio el pasado miércoles santo en la Misa Crismal, me parecía que no debíamos dejar pasar esta fiesta sin reflexionar sobre la misericordia referida a Cristo apoyándonos en el importante escrito del Nuevo Testamento que presenta a nuestro Redentor como realización perfecta y plenitud de lo que anunciaba el Sumo Sacerdocio de la Antigua Alianza.

            Esta fiesta, nacida en España a instancias del siervo de Dios D. José María García Lahiguera, que fue obispo de Huelva y más tarde arzobispo de Valencia, aunque todavía no está en el Calendario de la Iglesia Universal, se va incorporando poco a poco a los calendarios particulares.

1.- Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

            Todo estos motivos nos invitan a honrar a nuestro Señor Jesucristo que “está sentado para siempre jamás a la derecha de Dios” (Hb 10, 12), ejerciendo el sacerdocio eterno no como los pontífices de la antigua alianza que tenían que ofrecer sacrificios cada día por los propios pecados y por los del pueblo (cf. Hb 7,27). El sacrificio de Cristo es infinitamente superior al de la Antigua Alianza y por eso fue ofrecido una sola vez, de manera que nuestro Sumo Sacerdote, con una única oblación, llegó a la perfección en su sacerdocio y “se convirtió,  para todos los que le obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec” (Hb 5, 9-10), perfeccionando con esa “sola ofrenda… a los que van siendo santificados” (Hb 10, 14) y compartiendo con ellos su consagración sacerdotal. Por eso, todos los fieles cristianos participan, en virtud del Bautismo, del sacerdocio santo de Cristo en lo que se llama sacerdocio común de todos los bautizados, como afirma San Pedro en su I Carta: “sois un linaje elegido, un sacerdocio real, un nación santa, un pueblo adquirido por Dios” (1 Pe 2, 9; cf. Ap 1, 6; 5, 10).   

            Pero, además, como se dice en el prefacio de la misa de hoy, Jesucristo “con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión”. Es el sacerdocio ministerial que se confiere por medio del sacramento del Orden y, en virtud del cual, los que han sido elegidos y consagrados por él desempeñan la función sacerdotal en nombre de Cristo ofreciendo el sacrificio eucarístico, perdonando los pecados, orando por el pueblo y santificando a los fieles.

            Esta doble expresión en la Iglesia del único sacerdocio nos invita hoy, en primer lugar, a reconocer en Jesucristo el origen tanto de la condición sacerdotal de todo el pueblo de Dios como, muy especialmente, de quienes, sin dejar de ser  miembros de este pueblo, participamos, por el sacramento del Orden, de la consagración y misión del Sumo Sacerdote para poder actuar en su nombre y al servicio de los fieles.  Esta hermosa realidad se pone de relieve y la celebramos todos los años con especial solemnidad en la Misa Crismal, vinculada al Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. Pero también debemos celebrarla en esta fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

2. Jesucristo, Sumo Sacerdote misericordioso

            Pero Jesucristo es también Sacerdote “misericordioso y fiel”, como lo proclama la Carta a los Hebreos. Este doble título guarda relación con el pasaje que se ha proclamado de dicha carta en la I lectura y que nos recordaba que Cristo había “ofrecido por los pecados un único sacrificio…”,de manera que“con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo santificados” (Hb 10, 12.14). Esto quiere decir que nuestro Sumo Sacerdote, con la ofrenda de sí mismo, obtuvo el perdón de los pecados para todos los hombres (cf. Hb 3, 18; 10, 1ss.). En esa entrega absoluta a la misión que lo hizo “digno de fe” en lo tocante a Dios (cf. Hb 2, 10), se manifestó también como Sumo Sacerdote misericordioso (cf. ib.), cualidad sobre la que os invito a fijar la atención. Porque si lo primero, el ser fiel a la misión recibida lo revistió de autoridad, lo segundo, el ser misericordioso, lo presenta lleno de humanidad y de compasión hacia los hombres al participar de su suerte.

            En Jesús, por tanto, la misericordia no es el simple sentimiento más o menos vivo de quien se conmueve fácilmente cuando ve una desgracia ajena. En Cristo se trata de una capacidad adquirida a través de la experiencia personal de su propio sufrimiento. El autor de la Carta a los Hebreos nos viene a decir que nuestro Redentor, para poder compartir verdaderamente el dolor de los demás, fue preciso que pasara por las mismas pruebas y los mismos sufrimientos de aquellos a los que quería ayudar. Y esto es lo que ha sucedido en Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, probado en todo como nosotros, excepto en el pecado (cf. Hb 4,15).

            Por eso el papa Francisco presenta a Jesús como la revelación de la misericordia divina, llamándolo el “rostro de la misericordia del Padre” y recordando que la misión de Cristo ha consistido en revelar el misterio del amor divino en plenitud” de manera que todo en él llevaba el distintivo de la misericordia (cf. MV 1; 8-9). Jesucristo ha mostrado una nueva dimensión de la misericordia de Dios, la más reconfortante y conmovedora para nosotros, porque se ha basado en su propio sufrimiento. Su actuación con los enfermos, los endemoniados, los pobres, los pequeños, la muchedumbre que le seguía y, sobre todo, con los pecadores fue la revelación de una misericordia definida por un amor generoso y compasivo desde lo más profundo del corazón (cf. Mt 9, 36; 15, 32; Lc 7,15; etc.).  Con palabras del papa Francisco: “En Jesús todo habla de misericordia. Nada en él es falto de compasión” (MV 8).

3- El sacrificio de alabanza de nuestro Sumo Sacerdote

            Por eso, en este día, al agradecer el don del sacerdocio, personificado ante todo en Jesucristo pero también, salvada la distancia entre él y nosotros, en los presbíteros que celebran su jubileo sacerdotal, quiero recordar la invitación de los obispos españoles a todos los fieles para que, en esta fiesta, oren por la santificación de aquellos a los que el Señor quiso llamar un día a seguirle más de cerca en el ministerio sacerdotal al servicio de su pueblo. El motivo es muy sencillo, pero muy importante y significativo. De la santidad y de la ejemplaridad de los sacerdotes, depende en gran medida la vida de la gracia y el nivel de perfección cristiana de las comunidades de los fieles. Y por nuestra parte, el  mejor modo de reconocer con gratitud el don recibido es mirar, honrar y adorar a Jesucristo nuestro Sumo Sacerdote y Mediador delante del Padre tratando de hacer de nuestra propia vida, según el don de cada uno, una ofrenda agradable a Dios de alabanza y de entrega total de nosotros mismos. Es lo que hacemos cada día en la plegaria eucarística de la Santa Misa, cuyos textos deberíamos meditar con alguna frecuencia. Pensemos, por ejemplo, en el momento en que elevamos en nuestras manos el Cuerpo y la Sangre del Señor diciendo: "Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria".

            No en vano toda la plegaria sacerdotal expresa y pone de manifiesto la misteriosa realidad de la oblación de Cristo, Sacerdote y Víctima, al Padre en el Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), realizada de una sola vez para siempre (cf. Hb 10, 10) pero que se actualiza en cada celebración eucarística. En efecto, en ella Jesucristo renueva misteriosamente la ofrenda de su sacrificio pascual verificado en la cruz para salvación de todos los hombres, a la vez que asume las ofrendas espirituales de todo el pueblo santo y, naturalmente, del propio sacerdote celebrante. Especialmente a este le es concedida la gracia de unirse a Cristo no solo  con toda la comunidad de los fieles, sino también siendo él, personalmente, en virtud del sacramento del Orden, el medio humano para que la oblación de Cristo se actualice en su eficacia santificadora y sea percibida en la Iglesia por los que asisten a la celebración. Por eso nuestra primera función pastoral, después de anunciar el evangelio, es la de celebrar la eucaristía actualizando y perpetuando en el tiempo la oblación de Cristo y haciéndola cercana a los hombres. Para facilitar esta hermosa realidad, sobre todo cuando se reúnen varios sacerdotes, el concilio Vaticano II recuperó y extendió la concelebración eucarística como manifestación de la unidad del sacerdocio y signo de comunión y de fraternidad en el presbiterio (cf. SC 58; LG 57; PO 7 y 8).

            En este contexto de alabanza, de acción de gracias y de ofrecimiento al Padre por medio de nuestro Sumo Sacerdote, se inscribe hoy esta celebración eucarística votiva de la Jornada de la santificación de los sacerdotes, a la que unimos con gozo la felicitación y el afecto hacia los hermanos presbíteros que celebran su Jubileo de plata, de oro y de diamante, a la vez que encomendamos a los que han partido ya hacia la morada eterna. 

+ Julián, Obispo de León

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