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2016 - APERTURA DEL CURSO 2016-17

(Capilla del Seminario Diocesano, 6-X-2016)

“Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa”

Sab 7,7-10.15-16; Sal 36        1ª Cor 2,1-10a             Mt 23,8-12

          A la hora de preparar esta celebración eucarística en la que invocamos al Espíritu Santo para que nos asista en el nuevo curso, encontrándonos en el marco de esta feria mayor de acción de gracias y de petición, trasladada de ayer a hoy a causa de la solemnidad de San Froilán, y teniendo en cuenta que estamos todavía dentro del “Año Jubilar de la Misericordia”, me ha parecido oportuno elegir para la liturgia de la Palabra los textos bíblicos que hacen referencia al don de la sabiduría y al ministerio y función de enseñar. No en vano entre las obras de misericordia que el papa Francisco recomendaba en la Bula de convocatoria de este año santo “para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio” y “para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos” de Jesucristo,se encuentra justamente el “enseñar al que no sabe” (MV 15) según la formulación tradicional de dichas obras.

1. La sabiduría como don de Dios

          Ahora bien, solemos interpretar esta obra en referencia a las personas, adultos, jóvenes o niños, que no han recibido instrucción alguna. Sin embargo la función de enseñar es mucho más amplia y enriquecedora, puesto que el verbo enseñar abarca toda la inmensa gama de la función docente comenzando, para nosotros, creyentes en Cristo, lo que escribía san Pablo a su discípulo Timoteo: Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena”(2 Tm 3,16-17). Por eso debemos orar siempre, especialmente en este día de petición,para que se cumpla en nosotros el ideal propuesto por la I lectura: “Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría” (Sab 7,7).

            El pasaje alude al rey Salomón a quien el Señor prometió concederle lo que desease (cf. 1 Re 3,9). Y lo que pidió fue un corazón sabio e inteligente porque la sabiduría es como un tesoro escondido por cuya posesión merece la pena sacrificar otros bienes de menor valor (cf. Mt 13,44-46). La lectura mencionaba también otros bienes: la salud, la belleza y la misma luz. Pero todos los dones, y aquí caben no solo los que son objeto de codicia sino incluso de posesión honesta, son considerados basura en comparación con los que vienen de Dios, como decía san Pablo (cf. Fil 3,8). Por eso, roguemos para que el Señor nos conceda hablar con conocimiento y tener pensamientos dignos de sus dones” (Sab 7,15). Solo así podremos compartir entre nosotros la sabiduría y comunicarla a los demás, de manera especial si tenemos la misión y el deber de hacerlo, como corresponde a todo ministro de la palabra de Dios, a los formadores y profesores de los seminarios, a los profesores de religión, a los catequistas y a los educadores en la fe.

2. El contenido de la sabiduría que hemos de compartir

      En la segunda lectura san Pablo hacía referencia a su autoridad apostólica ante el problema de la división existente en la comunidad de Corinto. Esa autoridad, viene a decir, consiste en la sabiduría o conocimiento de las cosas de Dios: una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer… una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Cor 2,6b-7). Dejando a un lado la causa que motivó la intervención del apóstol, lo que nos llama la atención es la energía y contundencia con que san Pablo describe esa sabiduría del misterio que, como aparece en esta misma carta y en otras posteriores, no es otra que el designio de la salvación revelado en Jesucristo. Lo hemos escuchado también en la misma lectura: “cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado” (2,1-2; cf. Gal 3,1; 6,14).

            Conocer esa sublime realidad es un don de Dios, una manifestación clara y asequible de su plan de salvación de los hombres en orden a despertar en nosotros la fe y la obediencia a sus designios. Según el apóstol los cristianos no debemos basarnos y poner nuestra confianza únicamente en la sabiduría humana, como podrían ser las normas de la convivencia o de la mera  coexistencia pacífica entre unos y otros, sino en la fuerza que viene de Dios que, en definitiva, es la vida en el Espíritu. Esta es la verdadera sabiduría, aunque el mensajero -es san Pablo el que habla- se considere débil y carezca de fuerza persuasiva para anunciar el mensaje (cf. 1 Cor 2,1.3). De este modo, en la humildad y debilidad del medio humano, es como se hace patente “la manifestación y el poder del Espíritu,  para que vuestra fe -sigue diciendo el apóstol- no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (2,4b-5). Por eso ningún potentado, ningún sabio y “ninguno de los príncipes de este mundo”, por usar las propias palabras de san Pablo, ha conocido esta realidad decisiva para nuestra salvación. Nosotros hemos tenido la gracia de haberla conocido porque “Dios nos lo ha revelado por el Espíritu” (2,10a).

3. La misión de los maestros y educadores

        El evangelio, a su vez, completa el mensaje de las lecturas precedentes. El Señor polemiza con los escribas y fariseos que se arrogaban la autoridad de Moisés para dominar al pueblo y mantener a toda costa su orgullo y su prestigio. Pero Jesús, entre las duras palabras con las que censuraba aquella mala conducta, intercala consejos y advertencias para sus discípulos: “No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo”(Mt 23,9). Esta es, sin duda, una afirmación básica sobre todo si tenemos en cuenta que poco antes de esta disputa Jesús había recordado, respondiendo a la pregunta de un doctor de la Ley, que el mandamiento principal y primero  es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Mt 22,37; cf. 38). En esta perspectiva los discípulos de Jesús no podemos pretender ser llamados maestros ni jefes, arrogándonos una autoridad que solo corresponde a Dios Padre y a Jesucristo, nuestro Señor, sino considerándonos y tratándonos entre nosotros como lo que en realidad somos: hermanos y servidores los unos de los otros (cf. 23,8.10). De ahí la afirmación: “El primero entre vosotros será vuestro servidor” (23,11) que evitará la tentación de la soberbia, como sugieren las últimas palabras del Señor: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (23,12).

            En definitiva el Señor está destacando la importancia de la autoridad como servicio y como ejercicio, en el fondo, del amor cristiano que busca siempre el bien del otro, el bien de los demás. Y aquí es donde el enseñar no simplemente “al que no sabe”, al ignorante, sino el ofrecer conocimientos y experiencia, el transmitir lo que se ha adquirido en el estudio y en la formación superior, se convierte en un ejercicio que imita la bondad de Dios y su amor al hombre. En este sentido enseñar es una verdadera“obra de misericordia espiritual”.

4. La docencia como expresión de la misericordia  

     Detengámonos brevemente en esta afirmación. Enseñar no es solo transmitir conocimientos, es también educar y contribuir a la formación integral de la persona  preparándola para el futuro, ayudándola a desarrollar toda su capacidad intelectual, espiritual y moral; y en el caso de la formación sacerdotal en los seminarios y centros de estudios eclesiásticos, para que sean dignos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4,1). La palabra misericordia, por tanto, no quiere decir solamente compasión de la persona ignorante. Significa también entrega, disponibilidad, espíritu de servicio, todo esto bajo el estímulo de la caridad como virtud teologal, o sea, bajo el impulso del amor cristiano. En Los Hechos de los Apóstoles hay una escena muy significativa en relación con este modo de enseñar. Se trata del encuentro del apóstol Felipe con el ministro de la Reina de Etiopía que regresaba de Jerusalén en su carro leyendo al profeta Isaías. Felipe le preguntó: “«¿Entiendes lo que estás leyendo?». Contestó: «¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?». E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él” (Hch 8,30-31). En esta actitud generosa en la dedicación a la enseñanza es donde se manifiesta la virtud de la misericordia como acción que va más allá de lo estrictamente justo.

         Merece, pues, la pena considerar esta dimensión positiva y estimulante de la función docente y formativa integral en beneficio de nuestros alumnos y de otras personas que dependan de nosotros o esperan consejo, orientación, iluminación de situaciones o enriquecimiento y profundización en los estudios no solo teológicos. La misericordia mueve a prestar atención y a ser sensibles a la situación concreta de cada estudiante. Se trata de superar la tentación de la “autorrefencialidad” que a veces nos bloquea y ciega; y de vencer la dureza de corazón ante la llamada de Dios que nos llega a través del encuentro con la realidad de nuestros alumnos, de nuestros fieles o de otras personas. No olvidemos que, además de la pobreza física, existe también la pobreza cultural y, de cara a nuestro ministerio o función, la urgencia de evangelizar, de catequizar o de formar teológicamente.  

Es la propia palabra de Dios, proclamada en esta celebración, la que nos inspira y estimula a valorar la misión del profesor y del formador para ver en ella una función definida no solo por los conocimientos que se transmiten sino, muy especialmente, por la entrega generosa a los alumnos, el compromiso continuado de ayudarles y de ofrecerles lo mejor de uno mismo en ciencia, metodología, espíritu de superación, constancia en el estudio, etc. Procurar todo esto es un verdadero acto de generosidad que no se limita a cumplir por cumplir, sino que trata de imitar el amor generoso y benevolente de Dios Padre, rico en misericordia, haciendo palpable, en el ámbito de la formación y de la enseñanza, el misterio o acontecimiento de Jesucristo, la misericordia encarnada que hace visible y cercano el gran misterio del amor de Dios, el contenido esencial del evangelio.

+ Julián, Obispo de León

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