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2016 - CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

(S.I. Catedral de León, 2-XI-2016)
"Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna"

            Job 19,1.23-27; Sal 129            Rm 6,3-9            Jn 6,51-59

Ayer en la solemnidad de Todos los Santos celebrábamos la memoria de los mejores hijos de la Iglesia, los que han sido ya canonizados o beatificados y cuya santidad ha sido, por tanto, reconocida y proclamada para nuestra edificación. Pero la fiesta de ayer nos invitaba también a levantar la mirada hacia lo alto, a la ciudad santa o Jerusalén del cielo, para reconocer a todos los fieles cristianos que completaron su peregrinación en la tierra y gozan ya de la plena unión con Dios.

1. Una conmemoración que es consecuencia de la fe

 Hoy la Iglesia nos convoca de nuevo para orar por los difuntos y encomendarlos a la misericordia divina. De este modo, siguiendo el calendario litúrgico une prácticamente estos dos días, la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos, y pone de manifiesto la íntima relación entre ambas celebraciones. De los primeros nos consta que han alcanzado ya meta de la felicidad eterna. De los segundos no lo podemos saber, pero está a nuestro alcance el ayudarles con nuestras oraciones y sufragios. El pueblo cristiano conoce esta verdad y, movido no solo por el amor hacia los seres queridos que han partido ya de este mundo sino también por el sentido de la fe y de la esperanza cristiana, visita los cementerios -la palabra quiere decir, muy significativamente, dormitorio (koimiterion)- en estos días. Por eso, si ayer levantábamos la mirada hacia el cielo, hoy la dirigimos hacia la tierra donde reposan en la paz de Dios nuestros allegados, amigos y conocidos en los sepulcros familiares o corporativos.

La costumbre, tan arraigada en nuestra cultura por influjo de la fe cristiana, de sepultar el cadáver de los difuntos, convive hoy con la práctica de la cremación que, por principio, no es contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural, como advierte el reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Cf. Instrucción “Ad resurgendum cum Christo”, de 15-VIII-2016). Otra cosa es el uso o destino que se den después a las cenizas como es el guardarlas en casa, salvo alguna circunstancia especial y con permiso del obispo, el aventarlas o dispersarlas en el aire o en el agua o sobre la tierra, o el convertirlas en piezas de joyería o en otros artículos. La Iglesia recomienda que se coloquen en lugar sagrado, es decir, en el cementerio, en la iglesia o en un columbario a propósito, puesto que de lo que se trata es de mantener el respeto hacia los que se han ido y de facilitar el recuerdo y la oración por ellos.

La conmemoración de los Fieles Difuntos que en su forma actual, es decir, unida a la fiesta de ayer, se remonta al siglo X en el seno de la Orden Benedictina, es una oportunidad privilegiada para vivir el misterio de lacomunión de los Santos, es decir, el misterio de la Iglesia entera, la que peregrina aún en la tierra, la que se purifica para entrar en el cielo y la que goza ya de la felicidad eterna. Comunión quiere decir aquí participación en los bienes de la salvación que Dios ofrece a todos. La comunión de los Santos se basa, por consiguiente, en la unión con Cristo, de quien dimana la santidad y la vida de toda la Iglesia (cf. CCE 957) y fundamento, así mismo, de nuestra relación con los difuntos de manera que “nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor(ib. 958). Hoy, como ayer, se nos ofrece la posibilidad de unirnos espiritualmente a nuestros seres queridos que desde el cielo nos acompañan con amor en las dificultades y alegrías de nuestra vida o que, necesitados de purificación, son ayudados por las súplicas, sufragios y buenas obras de quienes los recordamos con amor siguiendo la tradición de la Iglesia.

2. La fe en la resurrección y en la vida eterna

Este es otro importante aspecto de la celebración de hoy que no debemos descuidar. Me refiero a la oración por los difuntos. Así lo hacemos especialmente en los funerales y cada vez que participamos en la santa Misa. En estas celebraciones oramos y ofrecemos el sacrificio eucarístico en favor de las personas que han fallecido. Es un modo también de afirmar la fe en Jesucristo muerto y resucitado y nuestra esperanza, basada en sus propias promesas, de pasar con él de la muerte a la vida siendo recibidos con los santos y los elegidos en el cielo. En este sentido, cada vez que recitamos el Credo en la Misa o fuera de ella, renovamos nuestra fe: “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”, o bien: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

La resurrección de los muertos es una verdad revelada progresivamente por Dios a su pueblo. La esperanza en la resurrección de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. Pero hay más: Jesús vinculó la fe en la resurrección a la fe en su propia persona al afirmar: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre(Jn 11, 25-26). El Catecismo de la Iglesia Católica enseña expresamente que será el mismo Jesús “el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en El y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre” ofreciendo ya una señal y una prenda de la resurrección futura al devolver la vida a algunos muertos a la vez que anunciaba su propia resurrección al tercer día después de su muerte (cf. CCE 994).

Nos lo recordaba san Pablo en la II lectura relacionando, además, la muerte de Cristo con el sacramento del bautismo que nos sumerge en ese misterio de salvación: “¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6,4-5).

Esta fe que profesamos contribuye también a relativizar intereses puramente humanos y terrenos, y pone en su justo valor tanto las alegrías como los sufrimientos de ahora. Porque la fe en la resurrección es promesa de vida eterna, de una vida que ahora no podemos describir y ni siquiera imaginar porque nos faltan elementos comprensibles según nuestro modo de entender las cosas. El Señor ha prometido la vida eterna que ahora solo podemos intuir desde la fe pero que fortalece los pasos de nuestra peregrinación terrena. Las palabras del santo Job, proclamadas en la primera lectura, nos asegurabanel fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza: “Yo sé que mi redentor vive  y que al fin se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro; mis propios ojos lo verán” (Job 19, 25-27a). Ala luz de esta promesa, ningún hombre será abandonado a su suerte.

3. La promesa del Señor acerca de la vida futura

   Es la misma convicción que debe brotar en nosotros al escuchar las palabras del evangelio que se ha proclamado: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre"(Jn 6, 51). Así hablaba Jesús a la multitud después del milagro de la multiplicación  de los panes. Se presentaba como el verdadero maná, el pan vivo entregado por el Padre celestial para que nuestro morir no sea para siempre sino que tengamos la vida eterna (cf. Jn 6,26-58). Las palabras del Señor anunciaban el gran don de la Eucaristía, el sacramento de esa vida instituido en el Cenáculo durante la última Cena con sus discípulos. Desde entonces la muerte, especialmente de los bautizados en el misterio de la pascua del Señor, está vinculada a la promesa de la Eucaristía, el banquete sagrado en el que Cristo se entrega como alimento de eternidad para unir consigo, con un vínculo de amor y de vida más fuerte que la muerte, a los que participan en ella.

    Conviene tenerlo siempre presente: La Eucaristía es "prenda de la gloria futura", es decir, semilla misteriosa de inmortalidad sembrada en nuestro cuerpo mortal y fuerza transformadora de nuestra condición terrena y corrupta, que prepara y garantiza a su vez la resurrección futura. El Señor ha comprometido su palabra: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54). Conocer este misterio, asumirlo en la participación frecuente, cuando no diaria, en la comunión sacramental, es un motivo de extraordinaria esperanza capaz de sostener nuestras fuerzas a lo largo de esta vida, llegando incluso a hacer desear la vida eterna.         

+ Julián, Obispo de León

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