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2016 - SOLEMNIDAD DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR MISA DE MEDIANOCHE

(Basílica de S. Isidoro, año 2016)
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”

Is 9,2-7; Sal 95      Tit 2,11-14          Lc 2,1-14

La celebración de esta noche, la “Noche de Navidad”, noche santa que “no la debemos dormir” como dice un célebre villancico, es una fiesta de luz como sucede también en la noche de Pascua cuando conmemoramos la resurrección del Señor. Es significativo este paralelismo entre la Navidad y la Pascua de resurrección, es decir, entre el nacimiento de Cristo y su nuevo nacimiento cuando “rotas las cadenas de la muerte, ascendió victorioso del abismo” (pregón pascual). Por eso, de la noche de Navidad se puede decir también, como de la noche de Pascua: “Esta es la noche de la que estaba escrito: ‘Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo’” (ib.).

1. La luz que brilla esta noche es Jesucristo, la luz verdadera

Ha sido Dios mismo el que ha iluminado esta noche con el resplandor de Jesucristo, la luz verdadera que ha venido a este mundo, de manera que quien le sigue no camina en tinieblas sino que tiene la luz de la vida (cf. Jn 1,9; 8,12). De esa luz nos hablaba el profeta Isaías en la I lectura (cf. 9,2). Su mensaje llegó al pueblo de Israel en un momento de sufrimientos y de prueba, como se desprende de las expresiones usadas por el profeta: un pueblo en tinieblas, amenazado por la vara del opresor y aguantando un yugo insoportable (cf. 9,1.3). Pero, a pesar de todo, una luz les brilló”que se tradujo en alegría y en gozo (cf. 9,2).

¿Por qué esa luz trasmite alegría y esperanza? ¿Cómo puede esa luz iluminarnos también a nosotros? ¿Cómo es posible que un niño recién nacido transmita esos valores que tanto necesitamos para no dejarnos invadir por la tristeza y el pesimismo y, en última instancia, por el temor a la muerte? Porque la gran paradoja de esta noche consiste en que, en medio de ella, la luz de Cristo recién nacido disipa las tinieblas de nuestro espíritu. Entre estos dos polos, la noche y la luz, es posible encontrar, no en teoría sino en la realidad de nuestra existencia, los diversos significados de la luz como felicidad, como salvación y como paz; y desde el punto de vista religioso la luz como presencia de Dios, como reconciliación  interior y como nueva oportunidad para guiarnos por valores como la ternura, la confianza, la mansedumbre, la bondad y, en definitiva, el amor.

Pero no debemos olvidar el otro aspecto, que muchas religiones y la misma Biblia han desarrollado también. Me refiero al tema de las tinieblas frente a la luz, y con una dimensión casi siempre negativa, es decir de pecado con sus consecuencias de sufrimiento y de muerte. La antítesis luz/tinieblas se desarrolló de forma especial en los textos del profeta Isaías como el que hemos escuchado, y desde ahí pasó a los evangelios y al cristianismo en el que el tema de la luz gira en torno a Jesucristo, “la luz del mundo” (Jn 8,12). Este es, por tanto, el primer mensaje de la noche de Navidad: la luz ha vencido a las tinieblas, la luz brillado de nuevo en nuestras vidas, y el motivo es este: Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…”(Is 9,5a).

2. La señal, aparentemente contradictoria, fue el nacimiento de un Niño

Pero ¿quién es este Niño que, al nacer, es portador de un gozo indecible? Es descendiente del rey David según la carne e Hijo de Dios en virtud de la filiación divina,  y viene a reinar desde la bondad, desde la ternura y la no violencia. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo”, decía el profeta (Is 9,2) añadiendo inmediatamente una serie de nombres prometedores, relativos a ese Niño tan deseado: “Maravilla de Consejero, Dios fuerte… Príncipe de la paz” (Is 9,5b). El mensaje se dirige hoy a un mundo donde hay continuos conflictos, falta de seguridad, enfrentamientos, injusticias y odios sin cuento. Pero con ese Niño ha de llegar la paz, una paz duradera que no tendrá fin.

Lo anunciaba el evangelio según san Lucas al recoger las palabras del ángel a los pastores: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”(Lc 2,11), mientras la gloria del Señor los envolvía con su claridad (cf. Lc 2,9). El mismo san Pablo, en la II lectura, hablaba también de la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”(Tit 2,13). De nuevo el tema de la luz en la oscuridad, la luz que ilumina la noche. Nuestro mundo es un mundo oscurecido, tenebroso. El tercer milenio comenzó el año 2000 con grandes dosis de esperanza, de serenidad, de alegría, de paz y de concordia. Pero la realidad nos ofrece casi a diario noticias de muertes violentas, de cargas explosivas en iglesias y aeropuertos, de atropellos intencionados contra gentes que pasean o que compran los adornos para la Navidad como ha ocurrido esta misma semana en Berlín. La televisión nos sirve con frecuencia imágenes del exilio de pueblos enteros, de oleadas de refugiados que huyen de la guerra y de gentes que se echan al mar en frágiles pateras en busca de mejores condiciones de vida. Y detrás de todo esto, de un modo o de otro, el egoísmo humano cuando no el odio y la violencia.

El evangelio nos dice que los pastores, al percibir aquella luz, fueron presa del miedo y del pavor ante aquella manifestación inesperada. Es la reacción humana que aparece varias veces en la Biblia ante una teofanía o intervención divina. Pero el ángel les dijo: No temáis” (Lc 2,10), porque Dios no provoca miedo sino paz y consuelo. Nuestro mundo, las gentes que padecen en sus carnes los males que he mencionado, serían felices si pudieran escuchar también ese No temáis”, y el motivo podría ser también este: “Hoy, en la ciudad de David, -es decir, en un pequeño pueblo, en un lugar apartado y desconocido- acaba de nacer “un salvador, el Mesías, el Señor” (2,12). Entonces se cumplió la profecía de Isaías: "Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el principado”(Is 9,5). Hoy tendría que ser el gesto valiente y decidido de los seguidores de ese Niño lo que calmara la angustia de tantos hombres y mujeres que sufren, al poner en práctica decididamente el mensaje de Jesús, su doctrina, su mandamiento de justicia y de amor.

3. Las lecciones del nacimiento de Jesús en Belén

Hemos de reconocer también que el nacimiento de Jesucristo tuvo aspectos desconcertantes. Nació en Belén, en el pueblo de David, aunque María y José vivían en Nazaret, muy lejos entonces. Pero las circunstancias, ciertamente providenciales, hicieron que María, en una situación ciertamente arriesgada y en cierto modo penosa, diera a luz en Belén tal y como había sido anunciado por el profeta Miqueas: Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel”(Miq 5,1; cf. Mt 2,6). No poder alumbrar a su Hijo en el propio entorno familiar, en su propia casa como era lo habitual, fue sin duda un momento dramático para la joven madre, agravado porque los esposos no habían encontrado alojamiento al llegar al pueblo de los antepasados de José, obligados por un decreto del César Augusto que había ordenado un censo (cf. Lc 2,1). Estando ella embarazada y a punto de dar a luz tuvieron que conformarse con un establo, el refugio de los pobres. En este sentido el nacimiento de Jesús en Belén estuvo marcado por la pobreza y la humildad, aunque aquel nacimiento había sido anunciado por varios profetas para poner de manifiesto que el niño era descendiente del Rey David, y que era realmente el Mesías esperado. La señal para reconocerlo fue también desconcertante: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”(Lc 2,12). Y era el Salvador del mundo. Esto debe recordarnos que los designios de Dios, sus planes de salvación de los hombres, se realizan siempre en circunstancias imprevisibles para nosotros, más allá de lo que imaginamos o pretendemos.

Esta es otra lección impresionante de la Navidad, que nos invita a celebrarla con alegría y con confianza, fiados no de nuestros propios cálculos y esquemas sino de la providencia divina. En una palabra, confiados en la gracia de Dios, en su amor gratuito y generoso que no falla nunca, más allá de nuestras propias previsiones. Por eso la Navidad sigue iluminando nuestro mundo, como decía san Pablo en la II lectura, porque en ella se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”  (Tit 2,11). Esto es lo que ha hecho de la Navidad una maravilla capaz de transformar nuestro mundo si de veras acogemos y celebramos el mensaje divino sin alterar su genuino significado y sin disimular tanto su verdad como sus exigencias: porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3,16).

Queridos hermanos: Esta es la substancia, el núcleo cristiano de la Navidad. Acojamos con esperanza su mensaje en esta noche santa, procuremos celebrarlo con sincera alegría y tratemos también de compartir con nuestros familiares y convecinos esta hermosa verdad de Jesucristo, el “Enmanuel”, el “Dios con nosotros” que “se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”[1]. ¡Feliz Navidad!

+ Julián, Obispo de León


[1]San Atanasio de Alejandría, Sobre la encarnación del Verbo, 54,3. 

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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