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2017 SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

(R. Colegiata de S. Isidoro, 6-I-2017)
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?»

Is 60,1-6; Sal 71             Ef 3,2-3.5-6             Mt 2,1-12      

     Convocados por la Iglesia en esta solemnidad de la Epifanía del Señor, tenemos una nueva ocasión para contemplar de nuevo y celebrar con fe y alegría sincera el misterio de la manifestación de nuestro Salvador Jesucristo en la Navidad. Pero la escena ha cambiado. Ya no estamos ante el pesebre en el que María recostó al recién nacido envuelto en pañales, siendo visitado por unos pastores mientras una legión del ejército celestial alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad»” (Lc 2,13-14). Hoy son unos magos llegados a Jerusalén desde el Oriente los que  preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2,2). Pero, aunque ha cambiado el cuadro, permanecen el asombro y el gozo ante la revelación del Hijo de Dios en nuestra condición humana.

1. Invitados a acercarnos nuevamente al misterio de la Navidad

   Efectivamente, la fiesta de hoy, sobre la base del mismo acontecimiento de la encarnación del Verbo eterno del Padre, despliega ante nosotros el alcance verdaderamente universal del misterio que estamos celebrando: que Jesucristo, el Hijo de Dios que se hizo hombre en el seno de María, no solo vino para el pueblo de Israel al que pertenecían los pastores de Belén que acudieron a adorar al recién nacido (cf. Lc 2,15ss.), sino también para todos los pueblos de la tierra, representados por los magos de Oriente. Pero lo que no precisa el relato evangélico, por ejemplo el número de los visitantes y el color de su piel indicativo de la procedencia, ha tratado de completarlo la tradición popular cristiana acudiendo a otros textos bíblicos. Según esta tradición los magos eran reyes, representaban a todos los pueblos de la tierra (cf. Is 60,6; Sal 72 [Vg 71],19) y posiblemente fueron tres, pues tres fueron los dones que ofrecieron: “oro, incienso y mirra” (Mt 2,11).

       Pero la fiesta de hoy no se queda en la anécdota sino que nos invita a imitar a estos personajes en la búsqueda de Jesucristo, el Mesías salvador, y a considerar la necesidad e importancia de encontrarnos personalmente con él. Acerquémonos con fe al misterio de la Epifanía, es decir, a la revelación del Hijo de Dios destinada a los hombres de todos los tiempos, lugares y situaciones. Fijándonos en los magos descubrimos también la referencia a la vocación de los pueblos gentiles a la fe. Este aspecto ha sido especialmente puesto de relieve por las lecturas de la palabra de Dios que preceden al relato evangélico de san Mateo. En primer lugar el profeta Isaías que, después de aludir a esa especie de niebla cerrada que envuelve a los pueblos de la tierra -en alusión a los errores y a los fallos humanos- anuncia una luz que brillará en Jerusalén para atraer a todos los hombres (cf. Is 60,3). A continuación el profeta pronuncia las palabras que han contribuido decisivamente a fijar el alcance universal de la fiesta de la Epifanía: Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor” (60,6). 

2. El relato de los magos como referencia de nuestro caminar en la vida

Ahora bien, estas referencias nos invitan a entrar más profundamente en el misterio que estamos celebrando. Porque a todos conviene vernos reflejados de algún modo en esos personajes que se pusieron en camino buscando una luz y encontrándola en el “Niño con María su madre”,ante el que se postraron adorándolo y ofreciéndole unos regalos tan significativos (cf. Mt 2,11). ¿Quiénes eran realmente estos personajes llamados “magos” por el evangelista y señalados como “reyes” por el salmo 72? ¿Qué clase de estrella descubrieron, cuya luz les movió a ponerse en camino? Se ha especulado también acerca de la condición de estos sabios que escrutaban el cielo y las estrellas. Afirmaban haber descubierto una estrella que interpretaron como la señal para ponerse en camino al encuentro del “Rey de los judíos” que había nacido (cf. Mt 2,2), idea corroborada después en referencia explícita al Mesías (cf. 2,6), por los sacerdotes y escribas convocados por Herodes (cf. 2,4).

   Esa búsqueda, que los magos realizaron estudiando el movimiento de los astros e indagando a lo largo del camino, es lo que tantos hombres y mujeres deberían emprender cuando se encuentran ante determinados hechos o circunstancias inexplicables. Porque, además del maravilloso universo que rodea “nuestra casa común” como llama el papa francisco al planeta que habitamos (cf. Exhort. Apost. “Evangelii Gaudium”, nn. 183 y 190; y Enc. “Laudato Si”, nn. 1; 3; etc.), existe un Dios creador y omnipotente que ha puesto su firma en la bondad y en la belleza del mundo para que le reconozcamos y nos sintamos beneficiarios y celosos cuidadores de la obra de sus manos.    

      En este sentido el relato de los magos se nos ofrece también como una especie de parábola de nuestra vida. Porque, ¿quién de nosotros no se ha interrogado alguna vez sobre el sentido de la propia existencia y acerca de la meta hacia la que se encamina? Dios nos ha dotado de una inteligencia capaz de conocerlo y de verificar los signos de su presencia, para que nos pongamos en camino consciente y libremente hacia la plena posesión de lo que nos ofrece, asumiendo incluso el riesgo de que nos apartemos de la ruta verdadera porque nos ha creado libres y responsables de nuestros actos.

3. La luz de Cristo nos guía como la estrella para iluminar nuestro camino

      Este es otro aspecto importante de la fiesta que estamos celebrando. El solo nombre de epifanía significa manifestación y revelación, y alude expresamente a la luz que orienta nuestros pasos para que avancemos por la senda justa. Esa luz está representada en la estrella que los magos vieron salir y que les fue guiando en la búsqueda del Rey de los judíos (cf. Mt 2,2). Aquellos sabios, escrutando el cielo, encontraron una estrella que relacionaron con el nacimiento del Mesías. Movidos por esta idea llegaron a Jerusalén y preguntaron de buena fe dónde podían encontrarlo. Pero la actitud de Herodes, un personaje cruel y despiadado que se había asegurado el poder a base de eliminar a sus adversarios, fue bien distinta. El evangelio nos dice que se sobresaltó y, después de consultarlo, dijo hipócritamente a los magos: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo» (2,8). En realidad, lo que pretendía era suprimir al posible rival, un niño recién nacido.

   Los magos siguieron su camino, y la estrella significativamente volvió a brillar de nuevo confirmándoles en el camino justo. Es lo que sucede también en nuestra vida cuando actuamos honestamente. Durante el encuentro con Herodes aquella luz se había ocultado porque el Mesías recién nacido no se encontraba en los lugares del poder y de la fuerza, y menos aún en aquel palacio en el que se urdían planes perversos. En cambio la estrella se encendió de nuevo para conducir a los peregrinos llegados de lejos hasta la pequeña aldea de Belén, hacia los pobres y los humildes entre los que había querido nacer el Hijo de Dios, el Rey-Mesías. Está claro que los criterios de Dios son muy distintos de los criterios de los hombres. Dios no se manifiesta nunca en el poder y con fuerza de este mundo, sino en la humildad y en el amor generoso y desinteresado, el amor que se ofrece y pide ser acogido libremente para transformarnos por dentro.

    Queridos hermanos: dejémonos guiar por la estrella que un día orientó a los magos. Esa estrella es para nosotros la palabra de Dios que ilumina nuestras vidas y nos guía con claridad y certeza. Sigámosla sencilla y humildemente caminando con toda la Iglesia, donde habita esa palabra que, en definitiva, es el propio Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14). Si lo seguimos, nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ninguna otra persona o realidad puede darnos. Y nosotros mismos iluminaremos también a los demás al reflejar la luz que Cristo ha hecho brillar en cada uno.

+ Julián, Obispo de León

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